JAVIER's profileLa Danza de la LibélulaPhotosBlogLists Tools Help

Blog


    June 01

    "Una cruza" - Franz Kafka

    "UNA CRUZA" (Franz Kafka)

     

    Tengo un animal curioso mitad gatito, mitad cordero. Es una herencia de mi padre. En mi poder se ha desarrollado del todo; antes era más cordero que gato. Ahora es mitad y mitad. Del gato tiene la cabeza y las uñas, del cordero el tamaño y la forma; de ambos los ojos, que son huraños y chispeantes, la piel suave y ajustada al cuerpo, los movimientos a la par saltarines y furtivos. Echado al sol, en el hueco de la ventana se hace un ovillo y ronronea; en el campo corre como loco y nadie lo alcanza. Dispara de los gatos y quiere atacar a los corderos. En las noches de luna su paseo favorito es la canaleta del tejado. No sabe maullar y abomina a los ratones. Horas y horas pasa al acecho ante el gallinero, pero jamás ha cometido un asesinato.

    Lo alimento a leche; es lo que le sienta mejor. A grandes tragos sorbe la leche entre sus dientes de animal de presa. Naturalmente, es un gran espectáculo para los niños. La hora de visita es los domingos por la mañana. Me siento con el animal en las rodillas y me rodean todos los niños de la vecindad.

    Se plantean entonces las más extraordinarias preguntas, que no puede contestar ningún ser humano. Por qué hay un solo animal así, por qué soy yo el poseedor y no otro, si antes ha habido un animal semejante y qué sucederá después de su muerte, si no se siente solo, por qué no tiene hijos, como se llama, etcétera.

    No me tomo el trabajo de contestar: me limito a exhibir mi propiedad, sin mayores explicaciones. A veces las criaturas traen gatos; una vez llegaron a traer dos corderos. Contra sus esperanzas, no se produjeron escenas de reconocimiento. Los animales se miraron con mansedumbre desde sus ojos animales, y se aceptaron mutuamente como un hecho divino.

    En mis rodillas el animal ignora el temor y el impulso de perseguir.

    Acurrucado contra mí es como se siente mejor. Se apega a la familia que lo ha criado. Esa fidelidad no es extraordinaria: es el recto instinto de un animal,que aunque tiene en la tierra innumerables lazos políticos, no tiene un solo consanguíneo, y para quien es sagrado el apoyo que ha encontrado en nosotros.

    A veces tengo que reírme cuando resuella a mí alrededor, se me enreda entre las piernas y no quiere apartarse de mí. Como si no le bastara ser gato y cordero quiere también ser perro. Una vez -eso le acontece a cualquiera- yo no veía modo de salir de dificultades económicas, ya estaba por acabar con todo. Con esa idea me hamacaba en el sillón de mi cuarto, con el animal en las rodillas; se me ocurrió bajar los ojos y vi lágrimas que goteaban en sus grandes bigotes. ¿Eran suyas o mías? ¿Tiene este gato de alma de cordero el orgullo de un hombre? No he heredado mucho de mi padre, pero vale la pena cuidar este legado.

    Tiene la inquietud de los dos, la del gato y la del cordero, aunque son muy distintas. Por eso le queda chico el pellejo. A veces salta al sillón, apoya las patas delanteras contra mi hombro y me acerca el hocico al oído. Es como si me hablara, y de hecho vuelve la cabeza y me mira deferente para observar el efecto de su comunicación. Para complacerlo hago como si lo hubiera entendido y muevo la cabeza. Salta entonces al suelo y brinca alrededor.

    Tal vez la cuchilla del carnicero fuera la redención para este animal, pero él es una herencia y debo negársela. Por eso deberá esperar hasta que se le acabe el aliento, aunque a veces me mira con razonables ojos humanos, que me instigan al acto razonable.

    March 14

    "Reglas para la supervivencia de la novela" - Vicente Verdú

    VICENTE VERDÚ - EL PAÍS - Babelia - 17/11/2007

    La nueva narración debe sustentarse en la ironía y en la escritura del yo, contar con la multiplicada sensibilidad del lector y atenerse a diez objetivos.
    Que los últimos cinco premios Herralde de novela hayan recaído sin cesar sobre escritores latinoamericanos no debe considerarse un simple azar. La novela que todavía se premia responde al molde tradicional y este producto no se cultiva con la debida dignidad sino en la periferia del sistema. Sucede de la misma manera que con las películas de autor, que, si antes procedían de Italia, Francia o Alemania, ahora brotan en Irán, Irak, China, India, Argentina o Senegal, puesto que el cine de autor como la novela de argumento son productos que caducaron en territorios de la Metrópoli mucho antes de iniciarse el siglo XXI.
    Muchos suponen que están leyendo literatura cuando, en realidad, prestan su atención a enmascarados guiones de cine, borradores de telefilmes o largos bocadillos de cómic
    Paralelamente, así como en la pintura es inconcebible producir sin tener presente la fotografía, la televisión, los videojuegos, el avión, los grafitis o cualquier pantalla, en la narración es torpe seguir como si no existiera publicidad, correo electrónico, chats, cine, YouTube, MySpace o la blogosfera. Quienes en los países donde se han desarrollado las nuevas formas de comunicación continúan redactando novelas a la antigua usanza atienden sólo a los lectores vetustos, incomunicados o burdos. Y también a los que aprecian los libros en cuanto les parecen películas o telefilmes impresos y en donde la escritura cumple la simple función de entretener durante el trayecto en avión o metro.
    Nada que ver, pues, con el carácter propio y especial de la escritura literaria, en donde la nueva narración debería caracterizarse por estos diez componentes, al menos:
    1. La novela actual -o como quiera llamarse- deberá mostrarse enérgicamente resistente al intento de trasladarla al cine, al telefilme o a la vida el videojuego: la literatura hoy más que nunca debería alzarse como intransferible porque las historias novelescas al aroma del siglo XIX han sido ya usadas con diferentes métodos de explotación y lo fueron, precisamente, porque no existían entonces los guionistas a granel que actualmente redactan para crear productos audiovisuales. El destino de aquellas novelas fue atender precisamente a una demanda general sin capacidad para vivir otras vidas adicionales que no fueran las servidas por la fantasía de los libros.
    2. La fantasía, la intriga -y tanto más cuanto más enrevesada resulta- debe considerase un recurso estereotipado e indicio, a la vez, de no aspirar a mucho más que un sudoku. Cualquier obra literaria actual debe insistir más que nunca en la categoría de su escritura. Es decir, en su habilidad para hacerse indispensable como medio de conocimiento y comunicación peculiar, insustituible en la iluminación y la clase de disfrute que procura. El gusto de la lectura se obtendrá no del artificio argumental, el suspense policiaco, los agentes especiales, los cofres por descerrajar o los misterios divinos, sino de la intensa degustación del texto, sin necesidad de conspiraciones ni extrañas travesías. Los intríngulis de esta literatura son más intríngulis que literatura. Vale para lo que vale y ni una distinción más.
    3. No habrá de valerse la obra de ninguna estructura prefabricada mediante la cual el lector será conducido entre añagazas del oficio hasta la apoteosis final, tan propia de las antiguas revistas y la vulgaridad en las prestaciones. La narración literaria consciente de sí no aspirará a apoteosis final alguna tal como el destino tampoco existe en el proyecto vital de ahora, mientras la metafísica se disipa.
    Lo que sucede día a día tiene hoy la forma del accidente y el carácter de la inmanencia, posee la belleza de lo instantáneo y la inteligencia de la negligencia. Ha terminado el proceso, la idea de la historia y de su trascendencia. Lo que cuenta es la belleza de la inmediatez, el texto convertido en un gozoso bocado de por sí.
    4. La fragmentación de las historias, con sus anotaciones e intervalos mentales, tiende a copiar del blog y de la comunicación fragmentada omnipresente. Una novela contemporánea que no haya asumido esta clase de comunicación se ahogará en su jactancia. La ignorancia del blog y de los mensajes cortos, del discurso corto y cambiante, puede llevar, excepcionalmente, a una obra apreciable pero se tratará de esa clase de valor que encuentran las alhajas y los cuadros escondidos en el polvo de los museos. Una obra viva debe tener en su alma la actuación de su presente porque de otro modo contribuirá a hacer de la literatura la estampa de una dedicación embalsamada. ¿La muerte de la literatura? Sin duda diversos novelistas de hoy perviven gracias al culto funerario del género y al amparo de lectores melancólicos que transpiran alcanfor.
    5. El desarrollo pues del libro no obedecerá a un hegemónico hilo argumental sino a una red de experiencias que hiladas, entrecruzadas o en racimo planteen un tutti frutti para el multipolar lector de hoy. Las obras con hilo -o cable- que se lanza pero que se enreda, que da a entender esto pero resulta ser lo otro, que juega, en fin, con el lector, denota no poseer otra cosa mejor de la que vivir y comercia con artículos de feria. Obras de escritores que imitan arrobados a aquellos otros que se ganaban la vida gracias a que sus clientes los leían o los escuchaban leer a la luz de las velas y, en general, no habían salido de la provincia.
    6. La novela eminentemente nueva no deberá, desde luego, agarrarte por el cuello y llevarte así, del pescuezo, hasta su final, entre meandros y malabares. Contrariamente a estos modos circenses, la buena novela del XXI considerará la multiplicada sensibilidad del receptor mediático y la interacción. Estimará la belleza eficiente de la forma, la seducción estética y no el uso instrumental o perruno del lenguaje. Es decir, la lectura no será una ansiedad que, entre jadeos y vigilias, buscará cuanto antes la revelación de la última página sino que paladeará cada párrafo a la manera de la slow food.
    Lo propio de la literatura excelente será, hoy más que nunca, la belleza y perspicacia de la escritura. Para contar una historia hay ahora abundantes medios, desde el telefilme al vídeo, más eficaces, más plásticos y vistosos. La escritura, sin embargo, es insustituible en cuanto agudiza su ser, emplea las palabras exactas y no la palabra como un andén para llevar la obra a otra versión.
    Los novelistas que escriben con la ambición de ser llevados al cine delatan su menosprecio por la escritura. O su incompetencia. Mejor harían con emplearse de cuentacuentos o copys.
    7. El cine, la televisión, la realidad virtual pueden presentar escenarios y vicisitudes con mayor riqueza exterior pero la peripecia interior es el juego especial de la escritura y su máxima legitimación. Si la novela, el cuento, el ensayo, el libro, en fin, se justifica todavía sólo alcanza su indiscutible mérito en esta dirección. La dirección propicia para explorar en el interior de uno mismo o del otro hasta la extenuación.
    8. ¿Ficción? Si la obra literaria, las fórmulas matemáticas, las piezas musicales son siempre y en todo caso autobiográficas, entonces ¿para qué fingir? Si, como se reconoce, la realidad supera siempre a la ficción, entonces ¿para qué fantasear? El autor habla mucho mejor de lo que conoce personalmente y peor de lo que maquina deliberadamente. La ficción, en fin, pertenece a los tiempos anteriores al capitalismo de ficción. Si la literatura aspira a conocer algo más sobre el mundo y sus enfermos su elección es la directa, precisa y temeraria escritura del yo.
    La transmisión de lo personal da sentido, carácter y contenido a la comunicación. No hay comunicación sin comunión, no hay comunión sin comunidad, no hay comunidad sin sinceridad, no hay sinceridad sin volcar lo personal.
    9. La voz, en consecuencia, será la de la primera persona del singular. Trato directo entre el autor y el lector, entre las aventuras, las pasiones o los dolores que se comparten en la secuencia del texto.
    El estilo en tercera persona es hoy el colmo de la falacia, la hipocresía, la cursilería, el amaneramiento o la vana pretensión de saberlo todo por parte del narrador a la manera insufrible de la voz en off en los años cincuenta del cine. No hay verosimilitud en esa voz que ahora se recibe como el cénit de la impostación, el reverso de la verosimilitud y la frescura. El autor/creador, que se endiosa atribuyendo a sus personajes el don de criaturas que adquieren vida propia, se despeña en su misma metáfora de acartonado Frankenstein.
    10. Mejor haría en jugar y reírse de sí mismo porque ahora, toda obra de aire severo, sin humor, carece de un lugar soleado en el mundo de la comunicación. Podría decirse, incluso, que ninguna obra sin humor forma parte de la producción intelectual inteligente puesto que ningún genio en la historia de la humanidad prosperó sin la ironía sobre sí mismo. Los novelistas más serios son a la vez los más tediosos y, como corolario, los peores.
    Sin ironía no hay contemporaneidad, sin ironía no existe visión de la iridiscencia del mundo y su variable composición.
    Frente a estos diez virtuosos componentes se cometen los correspondientes pecados capitales. La novela -o como quiera que se llame- sin insustituible escritura, sólo con tema, se suicida actualmente por falta de destino. Muchos leen y suponen que están leyendo literatura o incluso un libro cuando, en realidad, prestan su atención a enmascarados guiones de cine, borradores de telefilmes o largos bocadillos de cómic. También, claro está, leen como algo contemporáneo a los sucedáneos del siglo XIX, sin cuestionarse su momificación, bien porque amen la palidez del vintage, abracen el olor a polvo, o bien porque no posean sentido del gusto en general.
    El lector, como el consumidor, hoy más que nunca, se encuentra en condiciones de elegir entre una oferta muy personalizada, surtida y extensa. De su elección depende dar vida a los novelistas que escriben como estafermos o no.
    La novela puede ser de este modo tanto un asunto de guardarropía, un legado apreciable como fruto histórico, o una literatura donde el autor, todavía vivo y despierto, se desafía para conocerse, conocer y comunicar. Todo ello sin la obispal solemnidad de los novelistas a la violeta que siguen autoestimándose como demiurgos y atribuyen a la literatura una supuesta misión de libertad, de salvación universal y de formidables tontadas por el estilo.
    El novelista, como el pintor o el diseñador, como el compositor o el arquitecto, son trabajadores que, como todos los demás, tratan genéricamente de mejorar la vida. Nada de diferencias entre el productor y el creador, el trabajador y el artista. Unos y otros con sus condiciones y habilidades tratan de colocar su mercancía y se interesan por el placer que provocan en el receptor. ¿Gozos divinos? ¿Placeres indecibles? Zarandajas: el placer sólo reconoce la verdad o el sucedáneo, la ficción del placer, sólo distingue entre buenos y malos amantes. Brillantes y opacos escritores, como lúcidos y lelos ebanistas, lozanos y mustios cantautores, actrices o masajistas.
    January 21

    RAY BRADBURY: "CRÓNICAS MARCIANAS"

    RAY BRADBURY: "CRÓNICAS MARCIANAS" (Febrero de 2002: Las langostas)

    Los cohetes incendiaron las rocosas praderas, transformaron la piedra en lava, la pradera en carbón, el agua en vapor, la arena y la sílice en un vidrio verde que reflejaba y multiplicaba la invasión, como espejos hechos trizas. Los cohetes vinieron como langostas y se posaron como enjambres envueltos en rosadas flores de humo. Y de los cohetes salieron de prisa los hombres armados de martillos, con las bocas orladas de clavos como animales feroces de dientes de acero, y dispuestos a dar a aquel mundo extraño una forma familiar, dispuestos a derribar todo lo insólito, escupieron los clavos en las manos activas, levantaron a martillazos las casas de madera, clavaron rápidamente los techos que suprimirían el imponente cielo estrellado e instalaron unas persianas verdes que ocultarían la noche. Y cuando los carpinteros terminaron su trabajo, llegaron las mujeres con tiestos de flores y telas de algodón y cacerolas, y el ruido de las vajillas, cubrió el silencio de Marte, que esperaba detrás de puertas y ventanas.
    En seis meses surgieron doce pueblos en el planeta desierto, con una luminosa algarabía de tubos de neón y amarillos bulbos eléctricos. En total, unas noventa mil personas llegaron a Marte, y otras más en la Tierra preparaban las maletas...
    June 21

    Virgilio Piñera

    LA ISLA
     
    Aunque estoy a punto de renacer,
    no lo proclamaré a los cuatro vientos
    ni me sentiré un elegido:
    sólo me tocó en suerte,
    y lo acepto porque no está en mi mano
    negarme, y sería por otra parte una descortesía
    que un hombre distinguido jamás haría.
    Se me ha anunciado que mañana,
    a las siete y seis minutos de la tarde,
    me convertiré en una isla,
    isla como suelen ser las islas.
    Mis piernas se irán haciendo tierra y mar,
    y poco a poco, igual que un andante chopiniano,
    empezarán a salirme árboles en los brazos,
    rosas en los ojos y arena en el pecho.
    En la boca las palabras morirán
    para que el viento a su deseo pueda ulular.
    Después, tendido como suelen hacer las islas,
    miraré fijamente al horizonte,
    veré salir el sol. la luna,
    y lejos ya de la inquietud,
    diré muy bajito:
    ¿así que era verdad?
     
    EL CUBO
    Cuando Juan cumplió dieciocho años y se graduó de enfermero, una señora obtuvo para él una plaza en el Hospital Municipal. Con este acto, quiso la señora darle importancia a la vida de Juan, y al mismo tiempo, engrandecer la suya propia con algo edificante. Pero esta misma vida, sin ninguna importancia, resultó también muy extraña: Juan hizo sus primeras armas como enfermero en el cuerpo de su benefactora. La dama, con sus virtudes, murió aplastada al pasar bajo un balcón ruinoso. Juan llenó ese día su primer cubo de algodones ensangrentados.
    Consideró horrible la muerte de su benefactora, y no menos horrible la casualidad que le ponía sus despojos por delante. Pensó renunciar a su puesto, que le pareció un receptáculo de vidas aplastadas, y era tanta su necesidad y tanto su deseo de defender la vida (no olviden, por favor, que no tiene ninguna importancia), que se vio obligado a llenar un segundo cubo.
    Así, desde ese momento, organizó sus cubos ensangrentados. De vez en cuando iba al cine o a la playa, se compraba un par de zapatos nuevos o se acostaba con su mujer, pero sentía que resultaban como accidentes: el fundamento de su existencia era el cubo.
    A los treinta años seguía desempeñándose como enfermero en la sala de accidentados del Hospital Municipal. Entre tanto, crecía y se transformaba la ciudad. Fueron demolidas viejas casas y otras nuevas y altísimas fueron edificadas. Visitó la ciudad el famoso ayunador Burko y debutó en el teatro de la ópera la celebérrima cantatriz Olga Nolo. Juan, día a día, cumplía con sus funciones. Cosa singular: ni Olga Nolo, ni antes tampoco Burko pudieron evitar que el cubo fuera llenado.
    Como a todos, le llegó a Juan la jubilación. Recibió la suya un día después de cumplir sus sesenta años -término prescrito por la ley para dejarlo todo de la mano, incluso el cubo.
    Ese mismo día, el notabilísimo patinador Niro comenzó su actuación en el Palacio del Hielo. Patinaba sobre la helada pista con el inmenso coraje de tener el trasero al descubierto. Aunque un patinador con el trasero al descubierto es un acontecimiento importante (vista la poca importancia que tienen las vidas), Juan no pudo verlo. Cuando salía del Hospital con su jubilación en el bolsillo y dispuesto a asistir a la actuación de un patinador tan original, se detuvo y contempló largo rato la fachada del Hospital, lamió las paredes con la mirada, y acto seguido, al cruzar la calle, se tiró bajo las ruedas de un camión que pasaba.
    Al fin estaba en la sala de accidentados. Iba a morir y oyó murmullos sin importancia. Hizo señas al médico de turno y expresó su última voluntad. El médico abrió tamaños ojos, tendió la vista buscando y se agachó. Descubrió el cubo debajo de la mesa de curaciones. Se lo puso a Juan en los brazos. Con maestría consumada, Juan empezó, sin ninguna importancia, a meter en el cubo los algodones ensangrentados. Bastaba su desasosiego para darse cuenta de que su única aspiración, en los poco minutos que le quedaban, era llenar el enorme cubo hasta los bordes.

    June 05

    "Zipelbrúm" de Alejandro Jodorowsky

    "ZIPELBRÚM" (ALEJANDRO JODOROWSKY)

     

    A nadie le importó cuando encontraron su pieza desierta. La dueña dijo: «El de la 13 ha desaparecido». Siguieron comiendo. Un pensionista volcó el arroz sobre su armadura. Mientras limpiaba, un mozo aprovechó para comentar: «Yo sabía que el tal Octavio iba a desaparecer; por eso no me preocupaba de asearle la pieza». Siguieron comiendo.

     

    Octavio, en la Universidad, fue mal considerado por faltar a los cursos de Alquimia y Lanza; el profesorado llegó a despreciarlo; el Abad le negó el ingreso al Centro de Investigaciones Fonéticas y no merecía ser rechazado; era un buen estudiante aunque no de las materias que interesaban a los otros.

     

    Había creado una teoría: «La Voz no surge de las cuerdas vocales ni del aire que las remece. Existe sin que nadie la produzca. Sólo que está prisionera en los músculos de la garganta y depende de la voluntad.» «Quiero libertarla. Hacer que salga por cualquier parte del cuerpo: por un ojo, por una mano. Conseguido esto, independizarla de mi voluntad. Entonces sonará cuando y por donde ella quiera. Yo la oiré.»

     

    Abandonó la ciudad universitaria y arrendó un cuarto en una pensión. Como no se asomaba al corredor, llegaron a olvidarlo. El mozo no lo atendía. Su cama se pobló de parásitos y tuvo que acostumbrarse a las privaciones: podía pasar semanas masticando pan duro y bebiendo agua. Ni siquiera necesitaba dormir; afiebrado, velaba trabajando según sus métodos.

     

    Después de mucho, cuando, como las ratas a un barco derruido, los bichos iban abandonándolo por no tener qué succionar en su piel seca, encontró lo que buscaba. Al roer aquella noche el pan y herirse con la corteza, emitió una exclamación que salió por una pierna. Enloqueció de júbilo, escapó desnudo a la calle... A nadie le importó. Siguieron comiendo.

     

    Octavio, en cueros, no podía ir lejos. Los cubos de madera del pavimento se hinchaban absorbiendo lluvia. Las llaves colgadas ante el gremio de los maestros cerrajeros sonaban removidas por el viento del mar; al mismo tiempo se balanceaban los avisos de neón de las bebidas gaseosas. Detrás de los vitrales las hijas, junto al teléfono, tocaban el laúd, y lejos, las flores de los naranjos enanos perfumaban el aire revuelto de los extramuros mientras Octavio seguía, con los pies descalzos, caminando sin rumbo y hablando por todas las partes de su cuerpo, incluyendo las secretas.

     

    Pronto, la baja temperatura lo volteó. Cayó ante una puerta carcomida. Lo oyó maese Brumstein.

    Maese Brumstein fabricaba a mano sus botines. En seguida los vendía a plazos. Nadie le pagaba más de la mitad del precio estipulado. Cuando iba a cobrar el saldo, se negaban, objetando que el calzado era de mala calidad. Si el zapatero insistía, le daban una botella de aguardiente y lo echaban a palos. El anciano regresaba a la zapatería; llorando, tragaba alcohol y, ebrio, llamaba a su dios, Zipelbrúm, muñeco de madera con voz humana que un día iba a llegar para darle felicidad.

     

    Entonaba sus salmos cuando sintió golpear contra la puerta. «¿Quién interrumpe mi oración a esta hora? ¡Iré a ver!». Vio a Octavio tendido. Sintió estremecimientos, comezón de ojos, zumbar de oídos. Con la lengua seca dijo: «¡Llegó Zipelbrúm!»...

    Octavio tenía la piel tan endurecida que fácilmente se le podía confundir con madera.

    Maese Brumstein entró al desmayado, buscó un martillo, y clavó a Octavio en la pared, encendió tres

    velas delante de él y esperó.

     

    Octavio al despertar creyó que soñaba. Se encontró clavado en una pieza obscura repleta de botellas vacías, trozos de cuero y hormas de yeso; con un viejo ebrio, de rodillas, que lloraba golpeándose el pecho con un zapato a medio hacer.

    —¿Quién eres tú? —preguntó.

    —¡Tiene voz humana! ¡Habla sin mover la boca: es de madera! Zipelbrúm: yo sabía que alguna vez ibas

    a venir para traerme la felicidad.

    —¿Qué felicidad esperas de mí?

    —¡Que me paguen las deudas!... ¿Será eso? Si me las pagan tendré dinero. Si uno tiene dinero es pernicioso embriagarse. Vendrá el burgomaestre y me dará un sermón; vendrá un policía y me impondrá multas; vendrán los vecinos a pedirme que entre al club de los maestros abstemios; me harán la vida imposible y ya no podré beber ni cantar mis salmos... Cierto es que no hay necesidad de salmos pidiendo que vengas, porque estás aquí. ¿Qué voy a cantar ahora? Esa era mi felicidad. Tú me tienes que decir cuál  será la nueva.

    —No sé qué pueda ser la felicidad para ti estando yo en tu pieza.

    —¡O me dices o te golpeo! —dijo maese Brumstein, sacando un látigo.

    —¡Créeme, no sé! —contestó Octavio asustado.

    —¡Zipelbrúm lo sabe todo! —gritó el viejo y comenzó a azotarlo. Vapuleaba con tanta furia que Octavio empezó a quejarse a través de todos sus poros. Estos lamentos enardecieron más al zapatero, quien, bebiendo aguardiente y dando latigazos, amenazaba continuar golpeando durante horas. ¡Ahora ya tengo que hacer cuando bebo: Azoto a mi señor Zipelbrúm!

    Este nuevo canto no era místico sino sensual.

    Algo pasó en Octavio. Exhausto, había dejado de gritar y, sin embargo, la voz le sonaba a través de las

    vísceras.

    —¡Gracias, maese Brumstein! ¡La Voz se ha liberado de mi voluntad!

     

    El zapatero estaba perplejo. Empezó a buscar. Al cabo de un tiempo se acercó al cuerpo de Octavio y

    apoyó una oreja. Sonrió. «El canto tiene que ser para mí.» Tomó un cuchillo y hundiéndolo en el cuerpo de su dios, lo fue abriendo. Octavio quiso pedir: «Ahora que lo he logrado, no me la quites», pero no tenía voz para decirlo. Ella vibraba libre, como un animal joven.

    La voz abandonó el cadáver de su antiguo amo, recorrió el cuarto para después salir por la ventana y perderse hacia lo lejos. Maese Brumstein la oyó alejarse. Bebió un último trago, desclavó los restos, los arrastró al fondo de la casa y trepándose por el cerco, dejó caer el cuerpo abierto en el patio de su vecino. Siete grandes perros se acercaron.

    Maese Brumstein, mientras se disponía a dormir, exclamó:

    —¡ Ese no era Zipelbrúm!

    May 29

    "Los Siete Mensajeros" - Dino Buzzati

    "LOS SIETE MENSAJEROS" - Dino Buzzati

    Habiendo salido a explorar el reino de mi padre, día a día voy alejándome de la ciudad y las noticias que me llegan son cada vez más raras.

    Comencé el viaje cuando tenía poco más de treinta años y han pasado ya más de ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpido camino.

    Creía, en el momento de partir, que en pocas semanas habría alcanzado los confines del reino; por el contrario, seguí encontrando nuevas gentes y países y en todas partes hombres que hablaban mi mismo idioma y que decían ser mis súbitos. A veces pienso que la brújula de mi geógrafo se ha enloquecido y que, creyendo avanzar siempre hacia el sur, en realidad damos vueltas sobre nuestros propios pasos sin aumentar jamás la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar por qué no estamos ahora junto a la extrema frontera.

    Pero más frecuentemente me atormenta la duda de que este confín no existía, que el reino se extienda sin límite alguno y que, por más que yo avance, jamás podré arribar a la frontera. Empecé el viaje cuando tenía más de treinta años, demasiado tarde, quizás. Los amigos, los mismos familiares, se burlaban de mi proyecto, opinando que iba a despilfarrar los mejores años de mi vida. Pocos de mis leales, en realidad, aceptaron partir.

    Si bien era algo descuidado -mucho más que ahora- me preocupé de poder comunicarme, durante el viaje, con mis seres queridos; entre los caballeros de la escolta elegí los siete mejores para que me sirvieran de mensajeros. Creí, ignorante de mí, que tener siete mensajeros era una verdadera exageración.

    Con el transcurso del tiempo advertí, por el contrario, que eran ridículamente pocos, a pesar de que ninguno de ellos fue asaltado por los bandidos ni malogró su cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré recompensar.

    Para distinguirlos con facilidad les puse nombres cuyas iniciales eran alfabéticamente progresivas: Alejandro, Benito, Carlos, Daniel, Eduardo, Federico, Gregorio.

    Poco acostumbrado a estar lejos de mi casa, envié al primero, Alejandro, al caer la noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido ya unas ochenta leguas. A la noche siguiente, para asegurarme la continuidad de las comunicaciones, envié al segundo, después al tercero, después al cuarto, consecutivamente, hasta la octava tarde del viaje en que partió Gregorio. El primero todavía no había regresado.

    Llegó la décima noche mientras acampábamos en un valle deshabitado. Supe por Alejandro que su rapidez había sido menor a la prevista; había pensado que, yendo separado y en un corcel inmejorable, podría recorrer en el mismo tiempo el doble de distancia que nosotros, pero no había recorrido el doble, sino sólo una vez y media; en una jornadas, mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas, él avanzaba sesenta, pero no más.

    Lo mismo pasó con los otros. Benito, que partió la tercera noche del viaje, retornó recién a la décima quinta; Carlos, que partió a la cuarta noche, nos alcanzó en la vigésima. Muy pronto comprendí que bastaba multiplicar por cinco los días que llevábamos viajando para saber cuándo volvería el mensajero.

    Al alejarnos constantemente de la capital, el itinerario de los mensajeros se hacía cada vez más largo. Después de cincuenta días de camino el intervalo entre un arribo u otro comenzó a espaciarse sensiblemente; mientras antes veía llegar al campamento un mensajero cada cinco días, el intervalo llegó a hacerse de veinticinco días; la voz de mi ciudad, de esa manera, se volvía cada vez más apagada: pasábamos semanas enteras sin tener ninguna noticia.

    Una vez que transcurrieron seis meses -ya habíamos atravesado los montes Fasani- el intervalo entre uno y otro arribo de los mensajeros aumentó a cuatro meses. Ahora ellos me traían noticias lejanas; el sobre me llegaba ajado, muchas veces con manchas de humedad, debido a las noches que el portador se había visto obligado a pasar al sereno.

    Avanzábamos aún. En vano buscaba persuadirme de que las nubes que se deslizaban rápidamente sobre mí eran iguales a las de mi niñez, que el cielo de la ciudad lejana no era diferente de la cúpula azul que tenía sobre mí, que el aire era el mismo, igual el soplo del viento, idénticas las voces de los pájaros. Las nubes, el cielo, el aire, los vientos, los pájaros se me aparecían en verdad, como cosas nuevas y diversas; y yo me sentía extranjero.

    ¡Adelante! ¡Adelante! Vagabundos encontrados por la llanura me decían que los confines no estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no descansar, borraba las palabras descorazonadoras que se formaban sobre sus labios.

    Ya habían pasado cuatro años de mi partida. ¡Qué larga fatiga! La capital, mi casa, mi padre, se habían vuelto extrañamente remotos, casi no me parecían reales. Ahora pasaban fácilmente veinte meses entre las sucesivas apariciones de los mensajeros. Me traían curiosas misivas amarillentas por el tiempo y en ella encontraba nombres olvidados, modos de decir insólitos para mí, sentimientos que no lograba comprender. A la mañana siguiente, después de una sola noche de reposo, mientras nosotros nos poníamos en camino, el mensajero partía en dirección opuesta, llevando a la ciudad las cartas que yo había preparado en ese mismo tiempo.

    Pero ya han transcurrido ocho años y medio. Esta noche cenaba solo en mi tienda cuando entró Daniel, que aún lograba sonreír, aunque estaba muerto de cansancio. Hace casi siete años que no lo veía. Durante todo este período larguísimo no ha hecho más que correr, atravesando praderas, bosques y desiertos, cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura, para traerme el paquete de sobres que hasta ahora no he tenido deseos de abrir. Ya se fue a dormir y volverá a partir mañana mismo, al amanecer.

    Partirá por última vez. Consultando el calendario calculé que, aunque todo salga bien, yo continuando mi camino como lo he hecho hasta ahora y él el suyo, no podré volver a ver a Daniel hasta dentro de treinta y cuatro años. Entonces tendré setenta y dos.

    Pero comienzo a sentirme cansado y es probable que me muera antes. No lo volveré a ver. Dentro de treinta y cuatro años (quizás antes, mucho antes) Daniel descubrirá, inesperadamente, los fuegos de mi campamento y se preguntará por qué nunca antes le resultó el trayecto tan corto.

    Como esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas amarillas, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; pero se detendrá en el umbral y me verá inmóvil tendido sobre el camastro, flanqueado por dos soldados con antorchas, muerto.

    ¡Anda, pues, Daniel, y no me digas que soy cruel! Lleva mi último saludo a la ciudad donde nací. Tú eres la última ligazón con el mundo que en un tiempo fue también mío. Los mensajes recientes me han hecho saber que han cambiado muchas cosas, que mi padre ha muerto, que la corona pasó a mi hermano mayor, que me consideran perdido, que han construido altos palacios de piedra, allá, donde estaban las encinas a cuya sombra solíamos jugar. De cualquier manera, siempre seguirá siendo mi vieja patria. Tú eres la última atadura con ella, Daniel.

    El quinto mensajero, Eduardo, que me alcanzará, si dios quiere, dentro de un año y ocho meses, no podrá volver a partir porque no tendrá tiempo de regresar. Después de ti, el silencio, ¡oh, dios mío!, a menos que encuentre los anhelados confines. Pero cuanto más avanzo, más me convenzo de que no existe frontera. No existe, sospecho, frontera alguna, por lo menos en el sentido que habitualmente le damos. No hay muralla de separación, ni ríos divisorios, ni montañas que cierran el paso. Probablemente atravesaré el límite sin ni siquiera advertirlo e, ignorante de mí, continuaré mi camino. Por eso he decidido que cuando Eduardo y los demás mensajeros, después de él, me alcancen nuevamente, en vez de volver a tomar el camino de la capital, se me adelante, para que yo pueda saber con anterioridad lo que me espera.

    Desde hace un tiempo una ansiedad inusitada se apodera de mí por las noches y ya no se trata de la añoranza de las alegrías pasadas, como en los primeros tiempos del viaje; más bien es la impaciencia de conocer la tierra ignota a la que me dirijo.

    Advierto -y no se lo he confiado hasta ahora a nadie- cómo de día en día, a medida que avanzo hacia la improbable meta, el cielo irradia una luz insólita como jamás había visto, ni siquiera en sueños. Ha quedado definitivamente atrás el último cielo azul.

    Las plantas, los montes, los ríos que atravesamos, parecen hechos de una esencia diferente de lo ya conocido y el aire me acerca presagios que no sé transmitir.

    Una nueva esperanza me llevará mañana por la mañana aun más adelante, en dirección a aquella montaña inexplorada que ahora ocultan las sombras de la noche. Una vez más levantaré el campamento, y Daniel desaparecerá en el horizonte en dirección opuesta, para llevar a la ciudad remota mi inútil mensaje.

    May 01

    "Océano mar" - Alessandro Baricco

    Océano mar” – Alessandro Baricco.

     

    Bartleboom tiene treinta y ocho años. Él cree que en alguna parte, por el mundo, encontrará algún día a una mujer que, desde siempre, es su mujer. De vez en cuando lamenta que el destino se obstine en hacerle esperar con obstinación tan descortés, pero con el tiempo ha aprendido a pensar en el asunto con gran serenidad. Casi cada día, desde hace ya años, toma la pluma y le escribe. No tiene nombre y no tiene señas para poner en los sobres, pero tiene una vida que contar. Y ¿a quién sino a ella? Él cree que cuando se encuentren será hermoso depositar en su regazo una caja de caoba repleta de cartas y decirle

    -Te esperaba.

    Ella abrirá la caja y lentamente, cuando quiera, leerá las cartas una a una y retrocediendo por un kilométrico hilo de tinta azul recobrará los años –los días, los instantes- que ese hombre, incluso antes de conocerla, ya le había regalado. O tal vez, más sencillamente, volcará la caja y, atónita ante aquella divertida nevada de cartas, sonreirá diciéndole a ese hombre

    -Tu estás loco.

    Y lo amará para siempre.

     

     

    April 20

    Salinger y los peces banana

     

    UN DÍA PERFECTO PARA EL PEZ BANANA (J.D. Salinger)

    En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda. 

    No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad. 

    Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono. 

    —Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño. 

    —Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora. 

    —Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero. 

    A través del auricular llegó una voz de mujer: 

    —¿Muriel? ¿Eres tú? 

    La chica alejó un poco el auricular del oído. 

    —Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo. 

    —He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien? 

    —Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han... 

    —¿Estás bien, Muriel? 

    La chica separó un poco más el auricular de su oreja. 

    —Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde... 

    —¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada... 

    —Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después... 

    —Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad. 

    —Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo. 

    —¿Cuándo llegasteis? 

    —No sé... el miércoles, de madrugada. 

    —¿Quién condujo? 

    —Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada. 

    —¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que... 

    —Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad. 

    —¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles? 

    —Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche? 

    —Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para... 

    —Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para... 

    —Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás... 

    —Muy bien—dijo la chica. 

    —¿Sigue llamándote con ese horroroso...? 

    —No. Ahora tiene uno nuevo 

    —¿Cuál? 

    —Mamá... ¿qué importancia tiene? 

    —Muriel, insisto en saberlo. Tu padre... 

    —Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita. 

    —No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo... 

    —Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza... 

    —Lo tienes tú. 

    —¿Estás segura?—dijo la chica. 

    —Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él? 

    —No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído. 

    —¡Pero está en alemán! 

    —Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. . 

    —Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche... 

    —Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo. 

    —Muriel, mira, escúchame. 

    —Te estoy escuchando. 

    —Tu padre habló con el doctor Sivetski. 

    —¿Sí?—dijo la chica. 

    —Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo! 

    —¿Y...?—dijo la chica. 

    —En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro. 

    —Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica. 

    —¿Quién? ¿Cómo se llama? 

    —No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno. 

    —Nunca lo he oído nombrar. 

    —De todos modos, dicen que es muy bueno. 

    —Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa... 

    —Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma 

    —Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la... 

    —Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover. 

    —¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está... 

    —Lo usé. Pero me quemé lo mismo. 

    —¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado? 

    —Me he quemado toda, mamá, toda. 

    —¡Qué horror! 

    —No me voy a morir. 

    —Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra? 

    —Bueno... sí... más o menos...—dijo la chica. 

    —¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste? 

    —En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí. 

    —Bueno, ¿qué dijo? 

    —¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije... 

    —¿Por que te hizo esa pregunta? 

    —No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo... 

    —¿El verde? 

    —Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería... 

    —Pero ¿qué dijo él? El médico. 

    —Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo. 

    —Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela? 

    —No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar. 

    —¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...? 

    —En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar. 

    —En fin. ¿Y tu abrigo azul? 

    —Bien. Le subí un poco las hombreras. 

    —¿Cómo es la ropa este año? 

    —Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados. 

    —¿Y tu habitación? 

    —Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión. 

    —Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile? 

    —Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo. 

    —Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien? 

    —Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez. 

    —¿Y no quieres volver a casa? 

    —No, mamá. 

    —Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos... 

    —No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—. 

    —Mamá, esta llamada va a costar una for... 

    —Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que... 

    —Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento. 

    —¿Dónde está? 

    —En la playa. 

    —¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa? 

    —Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso. 

    —No he dicho nada de eso, Muriel. 

    —Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz. 

    —¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no? 

    —No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca. 

    —Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas? 

    —Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje. 

    —¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra? 

    —No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana. 

    —Muriel, hazme caso. 

    —Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha. 

    —Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes? 

    —Mamá, no le tengo miedo a Seymour. 

    —Muriel, quiero que me lo prometas. 

    —Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó. 
    -------- 
    —Ver más vidrio (1)—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio? 

    —Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor. 

    La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años. 

    —No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad. 

    —Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter. 

    —Estáte quieta, Sybil, cariño... 

    —¿Viste más vidrio?—dijo Sybil. 

    La señora Carpenter suspiró. 

    —Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna. 

    Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel. 

    Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas. 

    —¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo. 

    El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil. 

    —¡Ah!, hola, Sybil. 

    —¿Vas a ir al agua? 

    —Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo? 

    —¿Qué?—dijo Sybil. 

    —¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos? 

    —Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie. 

    —No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas. 

    —¿Dónde está la señora?—dijo Sybil. 

    —¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres. 

    Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba. 

    —Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul. 

    Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga. 

    —Es amarillo—dijo—. Es amarillo. 

    —¿En serio? Acércate un poco más. 

    Sybil dio un paso adelante. 

    —Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy. 

    —¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil. 

    —Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio. 

    Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón. 

    —Necesita aire—dijo. 

    —Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo? 

    —Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil. 

    —¿Sharon Lipschutz dijo eso? 

    Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho. 

    —Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto? 

    —Sí que podías. 

    —Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice? 

    —¿Qué? 

    —Me imaginé que eras tú. 

    Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena. 

    —Vayamos al agua—dijo. 

    —Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo. 

    —La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil. 

    —¿Que eche a quién? 

    —A Sharon Lipschutz. 

    —Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez banana. 

    —¿Un qué? 

    —Un pez banana—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz. 

    Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil. 

    Los dos echaron a andar hacia el mar. 

    —Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces banana—dijo el joven. 

    Sybil negó con la cabeza. 

    —¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces? 

    —No sé—dijo Sybil. 

    —Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio. 

    Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró. 

    —Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga. 

    —Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut? 

    Sybil lo miró: 

    —Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut. 

    Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos. 

    —No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él. 

    Sybil soltó el pie: 

    —¿Has leído El negrito Sambo?—dijo. 

    —Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció? 

    —¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol? 

    —Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres. 

    —No eran más que seis—dijo Sybil. 

    —¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»? 

    —¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil. 

    —¿Si me gusta qué? 

    —La cera. 

    —Mucho. ¿A ti no? 

    Sybil asintió con la cabeza: 

    —¿Te gustan las aceitunas?—preguntó. 

    —¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas. 

    —¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil. 

    —Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto. 

    Sybil no dijo nada. 

    —Me gusta masticar velas—dijo ella por último. 

    —Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro. 

    Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador. 

    —¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él. 

    —No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres? 

    —Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para los peces banana. 

    —No veo ninguno—dijo Sybil. 

    —Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas. 

    Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho. 

    —Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil? 

    Ella negó con la cabeza. 

    —Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta. 

    —No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos? 

    —¿Qué pasa con quiénes? 

    —Con los peces banana. 

    —Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo? 

    —Sí—dijo Sybil. 

    —Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren. 

    —¿Por qué?—preguntó Sybil. 

    —Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible. 

    —Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa. 

    —No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—, como dos engreídos. 

    Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer. 

    Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó: 

    —Acabo de ver uno. 

    —¿Un qué, amor mío? 

    —Un pez banana. 

    —¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía alguna banana en la boca? 

    —Sí—dijo Sybil—. Seis. 

    De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta. 

    —¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose. 

    —¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante? 

    —¡No! 

    —Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo. 

    —Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel. 

    El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel. 

    En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada. 

    —Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha. 

    —¿Cómo dice?—dijo la mujer. 

    —Dije que veo que me está mirando los pies. 

    —Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor. 

    —Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo. 

    —Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista. 

    Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás. 

    —Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor. 

    Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz. 

    Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas. 

    Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha. 

    April 01

    Un relicario de palabras - Laura Restrepo

    Y UN RELICARIO DE PALABRAS A LA ESPERA DE SER ABIERTO PARA PODER REVIVIR EN LOS NOMBRES DEL PORVENIR – Laura restrepo

     Hay tanta bella palabra, cargada de resonancias y nostalgias, que se eclipsa en nuestra lengua debido a que aquello que nombra entra en desuso, cae en el olvido o directamente desaparece del planeta. Yo propongo que con todas ellas hagamos un banco de reservas, o una lista de espera, con el fin de volver a utilizarlas cada que vez que aparezca o sea descubierta una nueva realidad que amerite ser bautizada. Así, por ejemplo, a un mega huracán producido por el recalentamiento global podríamos llamarlo “llocántaro”, y “Didimia” a una ciudadela que se funde en Australia. Una galaxia recién descubierta podría llamarse “Paparrasolla”. Un potente somnífero de nueva patente: “Himnodia”. Una especie animal desconocida que se detecta en el fondo del océano: el misterioso y polimorfo “tángano”. La última y mortífera arma de destrucción masiva: el “hipocausto”. Un virus que diezmará a la humanidad en el siglo XXI: el temible “garrasí”. Una nueva marca de electrodomésticos: “Tárgum”. El perfume que lanzará Hermés para la primavera: “Tamariz”. Una desviación sexual nunca antes experimentada: la censurable “alboronía”. ¿No resulta más poético y castizo que improvisar un neologismo, claudicar ante un anglicismo o acuñar una sigla desangelada?

    March 26

    La tercera resignación de García Márquez

    La tercera resignación
    Gabriel García Márquez (1947)

             

    Allí estaba otra vez, ese ruido. Aquel ruido frío, cortante, vertical, que ya tanto conocía pero que ahora se le presentaba agudo y doloroso, como si de un día a otro se hubiera desacostumbrado a él.
             Le giraba dentro del cráneo vacío, sordo y punzante. Un panal se había levantado en las cuatro paredes de su calavera. Se agrandaba cada vez más en espirales sucesivos, y le golpeaba por dentro haciendo vibrar su tallo de vértebras con una vibración destemplada, desentonada, con el ritmo seguro de su cuerpo. Algo se había desadaptado en su estructura material de hombre firme; algo que “las otras veces” había funcionado normalmente y que ahora le estaba martillando de cabeza por dentro con un golpe seco y duro dado por unos huesos de mano descarnada, esquelética, y le hacía recordar todas las sensaciones amargas de la vida. Tuvo el impulso animal de cerrar los puños y apretarse la sien brotada de arterias azules, moradas, con la firme presión de su dolor desesperado. Hubiera querido localizar entre las palmas de sus dos manos sensitivas el ruido que le estaba a punta de diamante. Un gesto de gato doméstico contrajo sus músculos cuando lo imaginó perseguido por los rincones atormentados de su cabeza caliente, desgarrada por la fiebre. Ya iba a alcanzarlo. No.
             El ruido tenía la piel resbaladiza, intangible casi. Pero él estaba dispuesto a alcanzarlo con su estrategia bien aprendida y apretarlo larga y definitivamente con toda la fuerza de su desesperación. No permitiría que penetrara otra vez por su oído: que saliera por su boca, por cada uno de sus poros o por sus ojos que se desorbitarían a su paso y se quedarían ciegos mirando la huída del ruido desde el fondo de su desgarrada oscuridad. No permitiría que le estrujara más sus cristales molidos, sus estrellas de hielo, contra las paredes interiores del cráneo. Así era el ruido aquel:
             Pero le era imposible apretarse las sienes. Sus brazos se habían reducido y eran ahora los brazos de un enano; unos brazos pequeños, regordetes, adiposos. Trató de sacudir la cabeza. La sacudió. El ruido apareció entonces con mayor fuerza dentro del cráneo que se había endurecido, agrandado y que se sentía atraído con mayor fuerza por la gravedad. Estaba pesado y duro aquel ruido. Tan pesado y duro que de haberlo alcanzado y destruido había tenido habría tenido la impresión de estar deshojando una flor de plomo.
             Había sentido ese ruido “las otras veces”, con la misma insistencia. Lo había sentido, por ejemplo, el día en que murió por primera vez. Cuando –ante la vista de un cadáver– se dio cuenta de que era su propio cadáver. Lo miró y se palpó. Se sintió intangible, inespacial, inexistente. El era verdaderamente un cadáver y estaba sintiendo ya, sobre su cuerpo joven y enfermizo, el tránsito de la muerte. La atmósfera se había endurecido en toda la casa como si hubiera sido rellena de cemento, y en medio de aquel bosque –en el que había dejado los objetos como cuando era una atmósfera de aire– estaba él, cuidadosamente colocado dentro del ataúd de un cemento duro pero transparente. Aquella vez, en su cabeza estaba también “ese ruido”. Qué lejanas y qué frías sentía las plantas de sus pies; allá en el otro extremo del ataúd, donde habían puesto una almohada, porque la caja le quedaba aún demasiado grande y hubo que ajustarlo, adaptar el cuerpo muerto a su nuevo y último vestido. Lo cubrieron de blanco y alrededor de su mandíbula apretaron un pañuelo. Se sintió bello envuelto en su mortaja; mortalmente bello.
             Estaba en su ataúd, listo a ser enterrado, y sin embargo, él sabía que no estaba muerto. Que si hubiera tratado de levantarse lo hubiera hecho con toda facilidad. Al menos “espiritualmente”. Pero no valía la pena. Era mejor dejarse morir allí; morirse de “muerte”, que era su enfermedad. Hacía tiempo que el médico había dicho a su madre, secamente:
             –Señora, su niño tiene una enfermedad grave: está muerto. Sin embargo –prosiguió–, haremos todo lo posible por conservarle la vida más allá de su muerte. Lograremos que continúen sus funciones orgánicas por un complejo sistema de autonutrición. Sólo variarán las funciones motrices, los movimientos espontáneos. Sabremos de su vida por el crecimiento que continuará también normalmente. Es simplemente “una muerte viva”. Una real y verdadera muerte...
             Recordaba las palabras, pero confundidas. Tal vez no las oyó nunca y fue creación de su cerebro cuando subía la temperatura en las crisis de la fiebre tifoidea.
             Cuando se sumergía en el delirio. Cuando leía la historia de los faraones embalsamados. Al subir la fiebre, él mismo se sentía protagonista de ella. Allí había empezado una especie de vacío en su vida. Desde entonces no podía distinguir, recordar cuáles acontecimientos eran parte de su delirio y cuáles de su vida real. Por tanto, ahora dudaba. Tal vez el médico nunca habló de esa extraña “muerte viva”. Es ilógica, paradojal, sencillamente contradictoria. Y eso lo hacía sospechar ahora que, efectivamente, estaba muerto de verdad. Que hacía dieciocho años que lo estaba.
             Desde entonces –en el tiempo de su muerte tenía siete años– su madre le mandó hacer un ataúd pequeño, de madera verde; un ataúd para un niño. Pero el médico ordenó que le hicieran una caja más grande, una caja para un adulto normal, pues aquella, podría atrofiar el crecimiento y llegaría a ser un muerto deforme o un vivo anormal. O la detención del crecimiento impediría darse cuenta de la mejoría. En vista de aquella advertencia, su madre le hizo construir un ataúd grande, para un cadáver adulto, y le colocó tres almohadas a los pies, con el fin de ajustarlo.
             Pronto empezó a crecer dentro de la caja, de tal manera que cada año podían sacarle un poco de lana a la almohada extrema para darle margen al crecimiento. Había pasado así media vida. Dieciocho años (ahora tenía veinticinco). Y había llegado a su estatura definitiva, normal. El carpintero y el médico se equivocaron en el cálculo e hicieron el ataúd medio metro más grande. Supusieron que él tendría la estatura de su padre, que era un gigante semibárbaro. Pero no fue así. Lo único que de él heredó fue la barba poblada. Una barba azul, espesa, que su madre acostumbraba arreglar para verlo decentemente dentro de su ataúd. Esa barba le molestaba terriblemente en los días de calor.
             Pero había algo que le preocupaba más que “¡ese ruido!”. Eran los ratones. Precisamente, cuando niño, nada había en el mundo que le preocupara más, que le produjera más terror, que los ratones. Y eran precisamente esos animales asquerosos los que habían acudido al olor de las bujías que ardían a sus pies. Ya habían roído sus ropas y sabía que muy pronto empezarían a roerlo a él, a comerse su cuerpo. Un día pudo verlos: eran cinco ratones lucios, resbaladizos, que subían a la caja por la pata de la mesa y lo estaban devorando. Cuando su madre lo advirtiera, no quedaría ya de él sino los escombros, los huesos duros y fríos. Lo que más horror le producía no era exactamente que se lo comieran los ratones. Al fin y al cabo podría seguir viviendo con su esqueleto. Lo que lo atormentaba era el terror innato que sentía hacia esos animalitos. Se le erizaba la piel con sólo pensar en esos seres velludos que recorrían todo su cuerpo, que penetraban por los pliegues de su piel y le rozaban los labios con sus patas heladas. Uno de ellos subió hasta sus párpados y trató de roer su córnea. Le vio grande, monstruoso, en su lucha desesperada por taladrarle la retina. Creyó entonces una nueva muerte y se entregó, todo entero, a la inminencia del vértigo.
             Recordó que había llegado a mayor de edad. Tenía veinticinco años y eso significaba que no crecería ya más. Sus facciones se volverían firmes, serias. Pero cuando estuviera sano no podría hablar de su infancia. No la había tenido. La pasó muerto.
             Su madre había tenido rigurosos cuidados durante el tiempo que duró la transición de la infancia a la pubertad. Se preocupó pora higiene perfecta del ataúd y de la habitación en general. Cambiaba frecuentemente las flores de los jarrones y abría las ventanas todos los días para que penetrara el aire fresco. Con qué satisfacción miró la cinta métrica en aquel tiempo, cuando, después de medirlo, ¡comprobaba que había crecido varios centímetros!. Tenía la maternal satisfacción de verlo vivo. Cuidó, así mismo, de evitar la presencia de extraños en la casa. Al fin y al cabo era desagradable y misteriosa la existencia de un muerto por largos años en una habitación familiar. Fue una mujer abnegada. Pero muy pronto empezó a decaer su optimismo. En los últimos años, la vio mirar con tristeza la cinta métrica. Su niño no crecía ya más. En los meses pasados no progresó el crecimiento un milímetro siquiera. Su madre sabía que iba a ser difícil ahora encontrar la manera de advertir la presencia de la vida en su muerto querido. Tenía el temor de que una mañana amaneciera “realmente” muerto y tal vez por eso aquel día él pudo observar que se acercaba a su caja, discretamente, y olfateaba su cuerpo. Había caído en una crisis de pesimismo. Ultimamente descuidó las atenciones y ya ni siquiera tenía la precaución de llevar la cinta métrica. Sabía que ya no crecería más.
             Y él sabía que ahora estaba “realmente” muerto, Lo sabía por aquella apacible tranquilidad con que su organismo se dejaba llevar. Todo había cambiado intempestivamente. Los latidos imperceptibles que sólo él podía percibir se habían desvanecido ahora de su pulso. Se sentía pesado, atraído por una fuerza reclamadora y potente hacia la primitiva substancia de la tierra. La fuerza de gravedad parecía atraerlo ahora con un poder irrevocable. Estaba innegable. Pero estaba más descansado así. Ni siquiera tenía que respirar para vivir su muerte.
             Imaginariamente, sin tocarse, recorrió uno a uno cada uno de sus miembros. Allí, sobre una almohada dura, estaba su cabeza levemente v uelta hacia la izquierda. Imaginó su boca entreabierta por la delgada orilla de frío que le llenaba la garganta de granizo. Estaba tronchado como un árbol de veinticinco años. Quizá trató de cerrar la boca. El pañuelo que había apretado a su quijada estaba flojo. No pudo colocarse, componerse, tomar una “pose” siquiera para parecer un muerto decente. Ya los músculos, los miembros, no acudían como antes, puntuales al llamado de su sistema nervioso. Ya no era el de dieciocho años atrás, un niño normal que podía moverse a gusto. Sintió sus brazos caídos, tumbados para siempre, apretados contra las paredes acojinadas del ataúd. Su vientre duro, como una corteza de nogal. Y más allá las piernas íntegras, exactas, complementando su perfecta anatomía de adulto. Su cuerpo reposaba con pesadez, pero apaciblemente, sin malestar alguno, como si el mundo se hubiera detenido de repente, y nadie interrumpiera el silencio; como si todos los pulmones de la tierra hubieran dejado de respirar para no interrumpir la liviana quietud del aire. Se sentía feliz como un niño bocarriba sobre la hierba fresca y apretada, contemplando una nube alta que se aleja por el cielo de la tarde. Era feliz, aunque sabía que estaba muerto, que reposaba para siempre en la caja recubierta de seda artificial. Tenía una gran lucidez. No era como antes, después de su primera muerte, en que se sintió embotado, bruto. Las cuatro bujías que habían puesto en derredor suyo, y que eran renovadas cada tres meses, empezaban a agotarse nuevamente: precisamente cuando iban a ser indispensables. Sintió la vecindad de la frescura en las violetas húmedas que su madre había llevado aquella terrible mañana. La sintió en las azucenas, en las rosas. Pero toda aquella terrible realidad no le causaba ninguna inquietud; al contrario, era feliz allí, sólo con su soledad. ¿Sentirse miedo después?
             Quien sabe. Era duro pensar en el momento en que el martillo golpeara los clavos sobre la madera verde y crujiera el ataúd bajo la esperanza segura de volver a ser árbol. Su cuerpo atraído ahora con mayor fuerza por el imperativo de la tierra, quedaría ladeado en un fondo húmedo, arcilloso y blanco, y allá arriba, sobre cuatro metros cúbicos, se irían apagando los últimos golpes de los sepultureros. No. Allí tampoco sentiría miedo. Eso sería la prolongación de su muerte, la prolongación más natural de su nuevo estado.
             No quedaría ya ni un grado de calor en su cuerpo, su médula se habría enfriado para siempre, y unas estrellitas de hielo penetrarían hasta el tuétano de sus huesos. ¡Qué bien se acostumbraría a su nueva vida de muerto! Un día –sin embargo– sentirá que se derrumba su armadura sólida; y cuando trate de citar, de repasar cada uno de sus miembros, no los encontrará. Sentirá que no tiene forma exacta definida, y sabrá resignadamente que ha perdido su perfecta anatomía de 25 años y que se ha convertido en un puñado de polvo sin forma, sin definición geométrica.
             En el polvillo bíblico de la muerte. Acaso sienta entonces una ligera nostalgia: nostalgia de no ser un cadáver formal, anatómico, sino un cadáver imaginario, abstracto, armado únicamente en el recuerdo gorroso de sus parientes. Sabrá entonces, que va a subir por los vasos capilares de un manzano y al despertarse medido por el hambre de un niño en una mañana otoñal. Sabrá entonces –y eso sí le entristecía– que ha perdido su unidad: que ya no es –siquiera– un muerto ordinario, un cadáver común.
             La última noche la había pasado feliz, en la solitaria compañía de su propio cadáver.
             Pero al nuevo día, al penetrar los primeros rayos del sol tibio por la ventana, abierta, sintió que su piel se había reblandecido. Observó un momento. Quieto, rígido. Dejó que el aire corriera sobre su cuerpo. No pudo dudarlo: allí estaba el “olor” . Durante la noche la cadaverina había empezado a hacer sus efectos. Su organismo había empezado a descomponerse, a pudrirse, como el cuerpo de todos los muertos. El ”olor” era, indudablmente, un olor inconfundible a carne manida, que desaparecía y reaparecía después más penetrante. Su cuerpo se había descompuesto con el calor de la noche anterior. Sí. Se estaba pudriendo. Dentro de p ocas horas vendría su madre a cambiar las floresy desde el umbral la azotaría el tufo de la carne descompuesta. Entonces sí lo llevarían a dormir su segunda muerte entre los otros muertos.
             Pero de pronto el miedo le dio una puñalada por la espalda. ¡El miedo! ¡Qué pa labra tan honda, tan significativa! Ahora tenía miedo, un miedo “físico”, verdadero. ¿A qué se debía? El lo comprendía perfectamente y se le estremecía la carne: probablemente no estaba muerto. Lo habían metido allí, en esa caja que ahora sentía perfectamente, blanda, acolchada, terriblemente cómoda; y el fantasma del miedo le abrió la ventana de la realidad: ¡Lo iban a enterrar vivo!
             No podía estar muerto, porque se daba cuenta exacta de todo; de la vida que giraba en torno suyo, murmurante. Del olor tibio de los heliotropos que penetraba por la ventana abierta y se confundía con el otro “olor”. Se daba perfecta cuenta del lento caer del agua en el estanque. Del grillo que se había quedado en el rincón y seguía cantando, creyendo que aún duraba la madrugada.
             Todo le negaba su muerte. Todo menos el “olor”. Pero, ¿cómo podía saber que ese olor era suyo? Tal vez su madre había olvidado el día anterior cambiar el agua de los jarrones, y los tallos estaban pudriéndose. O tal vez el ratón, que el gato había arrstrado hasta su pieza, se descompuso con el calor. No. El “olor” no podías ser de su cuerpo.
             Hacía unos momentos estaba feliz con su muerte, porque creía estar muerto. Porque un muerto puede ser feliz con su situación irremediable. Pero un vivo no puede resignarse a ser enterrado vivo. Sin embargo, sus miembros no respondían a su llamada. No podía expresarse, y era eso lo que le causaba terror; el mayor terror de su vida y de su muerte. Lo enterrarían vivo. Sentiría el vacío del cuerpo suspendido en hombros de los amigos, mientras su angustia y su desesperación se irían agrandando a cada paso de la procesión.
             Inútilmente trataría de levantarse, de llamar con todas sus fuerzas desfallecidas, de golpear por dentro del ataúd oscuro y estrecho para que supieran que aún vivía, que iban a enterrarlo vivo. Sería inútil; allí tampoco responderían sus miembros al urgente y último llamado de su sis tema nervioso.
             Oyó ruidos en la pieza contigua. ¿Estaría dormido? ¿Habría sido una pesadilla toda esa vida de muerto? Pero el ruido de la vajilla no continuó. Se puso triste y quizá tuvo disgusto por ello. Hubiera querido que todas las vajillas de la tierra se quebraran de un sólo golpe allí a su lado, para despertar por una causa ex terior, ya que su voluntad había fracasado.
             Pero, no. No era un sueño. Estaba seguro de que de haber sido un sueño no habría fallado el último intento de volver a la realidad. El no despertaría ya más. Sentía la blandura del ataúd y el “olor” había vuelto ahora con mayor fuerza, con tanta fuerza, que ya dudaba de que era su propio olor. Hubiera querido ver allí a sus parientes, antes que comenzara a deshacerse, y el espectáculo de la carne putrefacta les produjera asco. Los vecinos huirían espantados del féretro con un pañuelo en la boca. Escupirían. No. Eso no. Era mejor que lo enterraran. Era preferible salir de “eso” cuanto antes. El mismo quería ahora deshacerse de su propio cadáver. Ahora sabía que estaba verdaderamente muer to, o al menos inapreciablemente vivo. Daba lo mismo. De todos modos persistía el “olor”.
             Resignado oiría las últimas oraciones, los últimos latinajos mal respondidos por los acólitos. El frío lleno de polvo y de huesos del cementerio penetrará hasta sus huesos y tal vez disipe un poco ese “olor”. Tal vez –¡quién sabe!— la inminencia del momento le haga salir de ese letargo. Cuando se sienta nadando en su propio sudor, en una agua viscosa, espesa, como estuvo nadando antes de nacer en el útero de su madre. Talvez entonces esté vivo.
             Pero estará ya tan resignado a morir, que acaso muera de resignación.

    March 16

    El miedo de Pedro Guerra

    MIEDO (PEDRO GUERRA)
     
    tienen miedo del amor y no saber amar
    tienen miedo de la sombra y miedo de la luz
    tienen miedo de pedir y miedo de callar
    miedo que da miedo del miedo que da

    tienen miedo de subir y miedo de bajar
    tienen miedo de la noche y miedo del azul
    tienen miedo de escupir y miedo de aguantar
    miedo que da miedo del miedo que da

    el miedo es una sombre que el temor no esquiva
    el miedo es una trampa que atrapó al amor
    el miedo es la palanca que apagó la vida
    el miedo es una grieta que agrandó el dolor

    têm medo de gente e de solidão
    têm medo da vida e medo de morrer
    têm medo de ficar e medo de escapulir
    medo que dá medo do medo que dá

    têm medo de ascender e medo de apagar
    têm medo de espera e medo de partir
    têm medo de correr e medo de cair
    medo que dá medo do medo que dá

    o medo é uma linha que separa o mundo
    o medo é uma casa aonde ninguém vai
    o medo é como un laço que se aperta em nós
    o medo é uma força que não me deixa andar

    tienen miedo de reir y miedo de llorar
    tienen miedo de encontrarse y miedo de no ser
    tienen miedo de decir y miedo de escuchar
    miedo que da miedo del miedo que da

    têm medo de parar e medo de avançar
    têm medo de amarrar e medo de quebrar
    têm medo de exigir e medo de deixar
    medo que dá medo do medo que dá

    o medo é uma sombra que o temor nao desvia
    o medo é uma armadilha que pegou o amor
    o medo é uma chave que apagou a vida
    o medo é uma brecha que fez crecer a dor

    el miedo es una raya que separa el mundo
    el miedo es una casa donde nadie va
    el miedo es como un lazo que se aprieta en nudo
    el miedo es una fuerza que me impide andar

    medo de olhar no fundo
    medo de dobrar a esquina
    medo de ficar no escuro
    de passar em branco de curzar a linha
    medo de se achar sozinho
    de perder a rédea a pose e o prumo
    medo de pedir arrêgo medo de vagar sem rumo

    medo estampado na cara
    ou escondido no porâo
    medo circulando nas velas
    ou em rota de colisâo
    ¿medo é de deus ou do demo?
    ¿é ordem ou é confusâo?
    o medo é medonho
    o medo domina
    o medo é a medida da indecisâo

    medo de fechar a cara medo de encarar
    medo de calar a boca medo de escutar
    medo de passar a perna medo de cair
    medo de fazer de conta medo de iludir

    medo de se arrepender
    medo de deixar por fazer
    medo de amargurar pelo que nâo se fez
    medo de perder a vez
    medo de fugir la raia na hora h
    medo de morrer na praia depois de beber o mar
    medo que dá medo do medo que dá

    March 02

    "Carta a la madre de un toxicómanono" - Antonio Escohotado

    "Carta a la madre de un toxicómanono" - Antonio Escohotado


    Muy señora mía:

    Comprendo y comparto sinceramente el sentimiento de impotencia que le impulsa a formar grupos de protesta y manifestarse por las calles pidiendo soluciones para un asunto que empeora cada día. Por eso mismo le propongo detenerse un momento a reflexionar, ya que no conocemos una cosa simplemente por padecerla en nuestra carne, sino cuando llegamos a entender de dónde nace.
    A usted, la propaganda oficial le ha dicho que hay, por una parte, La Droga y por otra parte las medicinas de la farmacia, y por otra los productos vendidos en las tiendas de alimentación y los estancos. Unos llevan a la muerte, otros a la vida y los terceros son cosa distinta.
    Me atrevo a sugerirle que ideas de este tipo sólo empiezan a parecer reales cuando decidimos creer en ellas. La heroína, que simboliza hoy el Mal, nos sirve de perfecto ejemplo. Es un opiáceo, y el opio fue usado como bendición de Dios por todos los médicos desde hace 4.000 años hasta hace unos pocos.
    Sus derivados son, desde luego, drogas de delicado manejo. Fíjese, con todo, que mientras fueron legales no produjeron un sólo caso de sobredosis accidental, mientras ahora matan involuntariamente a cientos de jóvenes cada año; y fíjese también en que mientras fueron cosas decentes, puras y baratas sus consumidores eran gente mayor. Lanzada por la casa Bayer al mismo tiempo que la aspirina, su otro gran descubrimiento, la heroína se recomendaba hasta para calmar los nervios y la tos de los niños pequeños.
    Querría hacerle ver, señora, que si esa sustancia resulta hoy diabólica es porque algunos venden lucrativamente infiernos a los demás, pero también porque en alguna medida la declaramos diabólica nosotros mismos, que no sabemos vivir sin un Satanás u otro y lo encontramos en terrenos tan neutros como la química. La tragedia ocurre cuando alguno de nuestros hijos —en la edad más difícil, cuando su carácter aún no se ha formado— deciden creer la fantasías de sus padres.
    ¿Por qué se la creen? Observe que no sólo tiene la fascinación de lo prohibido, sino una triste aunque innegable ventaja. Obtener el estatuto de endemoniados (colgados) les libera de ese aprender a sacrificarse y acumular para otros que marca el comienzo de la madurez, les libera de asumir responsabilidades por los actos propios. Sin darnos cuenta, al aceptar que existiera una sustancia capaz de anular diabólicamente la buena voluntad ofrecimos a nuestros hijos una coartada y un papel. Coartada para la falta de virtud y papel para la falta de paradero.
    Hay algo que usted sabe y parece estar olvidando constantemente. A su hijo le cuesta 20.000 pesetas el gramo de unos polvos que —según declaraciones oficiales— tienen el 5% de lo que pretenden, cuando mucho el 10%. ¿Podría padecer un marido o un hijo alcohólico si —por razones de precio y pureza— sólo lograra beber al día de anís o coñac lo que cabe en un dedal de costura? Cuando le dijera que necesitaba el dinero de la compra o el del alquiler para conseguir su dedal de licor de cada día ¿qué le respondería? Y cuando le viera morir por beberse un centilitro de eso, ¿le echaría usted la culpa al anís o al coñác en general?
    Dentro de su penosa situación, señora, le sirve de consuelo pensar que la heroína es algún tipo de cuerpo maléfico que basta mirar para quedar enganchado irresistiblemente. Su hijo, un pobre incauto, quiso probar nada más y desde ese preciso instante se convirtió en víctima justificada para robar o hasta matar, y desde luego para declararse parásito perpetuo.
    Pero la heroína, que sienta casi siempre muy mal las primeras veces, no empieza a adiccionar antes de pasar dos semanas usando un cuarto de gramo diario (si lo duda usted, pregunte a un médico competente). E incluso entonces, la reacción de abstinencia no resulta más incómoda que una suave gripe durante un par de días. Para adiccionarse realmente se necesitan al menos dos meses de uso cotidiano. Por otra parte, lo más probable es que su hijo no conozca realmente la heroína, sino una forma tosca y rebajada de morfina, rebajada tan brutalmente que para poder depender a nivel físico de ella necesitaría casi cuatro gramos diarios, y usted sabe que no toma más de un cuarto, cuando llega a tanto; y yo le añado que si tomase la cantidad requerida para convertirse en un verdadero adicto moriría de inmediato por efecto del sucedáneo. Extraiga usted misma las consecuencias. El esfuerzo de las autoridades por crear algo diabólico ha desembocado en la aparición de un ejército dirigido por asesinos, aunque reclutado entre farsantes e ilusos, que, a cambio del estigma y el envenenamiento con matarratas y maizena compran irresponsabilidad. El sistema vigente impone lo uno y vende lo otro. Mientras las fuerzas del orden se desmoralizan, y mientras el estado de cosas enriquece a un grupo creciente de personas que viven muy bien de defender, tratar o reprimir un mal inventado por la prohibición, usted, yo y los demás cabezas de familia somos el público que paga.
    ¿Qué hacer?. Como los Estados prefieren seguir mintiendo, sólo nos queda defender la verdad en este asunto, tan recubierta de ignorancia e interesados mitos. La verdad, señora, es que no hay drogas buenas y malas, sino usos sensatos e insensatos de las mismas (como pasa con las armas de fuego, la energía nuclear y tantas otras cosas), que el uso sensato es infinitamente más probable cuando no hay mercado negro y que la ilegalización estimula toda suerte de abusos. La verdad es que no depende tanto de la (supuesta) heroína como de las condiciones impuestas a su consumo el que sea un vicio pagado con una abyecta vida y una abyecta muerte. La verdad es que había mil veces menos adictos-delincuentes cuando los médicos podían recetar opiáceos. La verdad es que curar la heroinomanía con metadona es como curar al alcohólico de whisky con ginebra y mucha hipocresía. La verdad es que el remedio puesto en práctica está agravando la enfermedad con ofertas de nuevos planes que son caricaturas del más fracasado y viejo, pues la receta de aumentar los castigos —incluso aplicando el de muerte— sólo logra encarecer aún más el producto, aumentando el negocio y consiguiendo que sea vendido por menores de edad, únicos irresponsables a nivel penal.
    Coartada
    Fíjese que tampoco sirve proponer subvenciones y empleos a las personas por el mero hecho de declararse heroinómanos. Estas medidas estimularían inmediatamente a muchos pobres, parados e infelices a poner los medios para declararse tales, multiplicando la cantidad de personas acogidas a la coartada y el papel de irresponsables víctimas. A usted y a mí nos queda el consuelo de pensar que el asunto es planetario. Pero el mal de muchos no dejará de ser consuelo para tontos. Nuestros protectores corrompen la sociedad en nombre de la salud pública, permitiendo que se venda basura a precios astronómicos, creando cofradías draculinas que dan de comer a mangantes y criminales y fundando una casta a quien la policía protege bajo la categoría de confidentes, aunque en privado les llame gusanos, por aquello de hacer posible una pesca. Es esa canalla quien controla hoy el mercado de todas las drogas ilegales.
    Ya verá usted cómo en las próximas elecciones todos los partidos le piden el voto con grandes promesas, después de apoyar hace poco en las cortes aquello que hace crónico el actual estado de cosas. Quizás le he dicho cosas que preferiría no saber, que apartaría como fuere de su mente. Pero me pregunto si quienes le dicen lo que querría oír no serán quienes defienden la auténtica causa de sus desdichas.

    January 22

    "Malos tiempos para la lírica" - Bertold Brecht

    MALOS TIEMPOS PARA LA LÍRICA

    Ya sé que sólo agrada
    quien es feliz. Su voz
    se escucha con gusto. Es hermoso su rostro.

    El árbol deforme del patio
    denuncia el terreno malo, pero
    la gente que pasa le llama deforme
    con razón.

    Las barcas verdes y las velas alegres de Sund
    no las veo. De todas las cosas,
    sólo veo la gigantesca red del pescador.

    ¿Por qué sólo hablo
    de que la campesina de cuarenta años anda encorvada?
    Los pechos de las muchachas
    son cálidos como antes.

    En mi canción, una rima
    parecería casi una insolencia.

    En mí combaten
    el entusiasmo por el manzano en flor
    y el horror por los discursos del pintor de brocha gorda.
    Pero sólo esto último
    me impulsa a escribir.

    ESTO ME ENSEÑARON (del “Libro de lectura para los habitantes de las ciudades”)

    Sepárate de tus compañeros de estación.
    Vete de mañana a la ciudad con la chaqueta abrochada,
    búscate un alojamiento, y cuando llame a él tu compañero
    no le abras.¡Oh, no le abras la puerta!
    Al contrario,
    borra todas las huellas.

    Si encuentras a tus padres en la ciudad de Hamburgo, o donde sea,
    pasa a su lado como un extraño, dobla la esquina, no los reconozcas.
    Baja el ala del sombrero que te regalaron.
    No muestres tu cara ¡Oh, no muestres tu cara!
    Al contrario,
    borra todas las huellas.

    Come toda la carne que puedas. No ahorres.
    Entra en todas las casas, cuando llueva, siéntate en cualquier silla,
    pero no te quedes sentado. Y no te olvides el sombrero.
    Hazme caso:
    borra todas las huellas.

    Lo que digas, no lo digas dos veces.
    Si otro dice tu pensamiento, niégalo.
    Quien no dio su firma, quien no dejó foto alguna,
    quien no estuvo presente, quien no dijo nada,
    ¿cómo puede ser cogido?
    Borra todas las huellas.

    Cuando creas que vas a morir, cuídate
    de que no te pongan losa sepulcral que traicione donde estás,
    con su escritura clara, que te denuncia,
    con el año de tu muerte, que te entrega.
    Otra vez lo digo:
    borra todas las huellas

    (Esto me enseñaron)

     COPLAS DE “MACKIE CUCHILLO” (de “La ópera de cuatro cuartos”)

    Y el tiburón tiene dientes
    y a la cara los enseña,
    y Mackie tiene un cuchillo
    pero no hay quien se lo vea.
     
    El tiburón, cuando ataca,
    tinta en sangre sus aletas,
    Mackie en cambio lleva guantes
    para ocultar sus faenas.
     
    Un luminoso domingo,
    un muerto en la playa encuentran,
    y el que ha doblado la esquina
    en ese instante, ¿quién era?
     
    Schmul Meier, como otros ricos,
    se ha esfumado de la tierra.
    Cuchillo tiene su pasta
    pero nadie lo demuestra.
     
    Se ha encontrado a Jenny Towler
    de una cuchillada muerta.
    Cuchillo, que está en el puerto,
    parece que ni se entera.
     
    En el incendio, un anciano
    y siete niños se queman.
    Mackie está entre los mirones
    pero nadie le molesta.
     
    La viuda, menor de edad,
    cuyo nombre mucho suena,
    amanece violada.
    Mackie, ¿quién paga la cuenta?
     
    Los peces desaparecen
    y los fiscales, con pena,
    al tiburón por fin llaman
    a que a juicio comparezca.
     
    Y el tiburón nada sabe,
    y al tiburón, ¿quién se acerca?
    Un tiburón no es culpable
    mientras nadie lo demuestra.

     

    DE TODOS LOS OBJETOS

    De todos los objetos, los que más amo
    son los usados.
    Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
    los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
    han sido cogidos por muchas manos. Estas son las formas
    que me parecen más nobles. Esas losas en torno a viejas casas,
    desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
    esas losas entre las que crece la hierba, me parecen
    objetos felices.
     
    Impregnados del  uso de muchos,
    a menudo transformados, han ido perfeccionando sus
    formas y se han hecho preciosos
    porque han sido apreciados muchas veces.

    Me gustan incluso los fragmentos de esculturas
    con los brazos cortados. Vivieron
    también para mí. Cayeron porque fueron trasladadas;
    si las derribaron, fue porque no estaban muy altas.
     
    Las construcciones casi en ruinas
    parecen todavía proyectos sin acabar,
    grandiosos; sus bellas medidas
    pueden ya imaginarse, pero aún necesitan
    de nuestra comprensión. Y, además,
    ya sirvieron, ya fueron superadas incluso. Todas estas cosas
    me hacen feliz.

    HOLLYWOOD

    Para ganarme el pan, cada mañana
    voy al mercado donde se compran mentiras.
    Lleno de esperanza,
    me pongo a la cola de los vendedores.

    LA CRUZADA DE LOS NIÑOS (de “Historias de almanaque”)

    En Polonia, en el año treinta y nueve,
    se libró una batalla muy sangrienta
    que convirtió en ruinas y desiertos
    las ciudades y aldeas.

    Allí perdió la hermana al hermano
    y la mujer al marido soldado.
    Y, entre fuego y escombros, a sus padres
    los hijos no encontraron.

    No llegaba ya nada de Polonia.
    Ni noticias ni cartas.
    Pero una extraña historia, en los países
    del Este circulaba.

    La contaban en una gran ciudad,
    y al contarlo nevaba.
    Hablaba de unos niños que, en Polonia,
    partieron en cruzada.

    Por los caminos, en rebaño hambriento,
    los niños avanzaban.
    Se les iban uniendo muchos otros
    al cruzar las aldeas bombardeadas.

    De batallas y negras pesadillas
    querían escapar
    para llegar, al fin,
    a algún país en el que hubiera paz.

    Había, ente otros, un pequeño jefe
    que los organizó.
    Pero ignoraba cuál era el camino,
    y ésta era su gran preocupación.

    Una niña de once años era
    para un niño de cuatro la mamá:
    le daba todo lo que da una madre,
    mas no tierra de paz.

    Un pequeño judío iba en el grupo.
    Eran de terciopelo sus solapas
    y al pan más blanco estaba acostumbrado.
    Y, sin embargo, todo lo aguantaba.

    Más tarde se sumaron dos hermanos,
    y ambos eran muy buenos estrategas
    para ocupar las chozas en el campo
    los campesinos cuando llueve dejan.

    Y también había un niño muy delgado
    y pálido que siempre estaba aparte.
    Tenía una gran culpa sobre sí:
    la de venir de una embajada nazi.

    Y un músico, además, que en una tienda
    volada había encontrado un buen tambor.
    Tocarlo les hubiera delatado,
    y el niño músico se resignó.

    Y hasta un perro llevaban que, al cogerle,
    se disponían a sacrificar.
    Pero ninguno se atrevía a hacerlo,
    y ahora tenían una boca más.

    También había una escuela
    y en ella un maestrito elemental.
    La pizarra era un tanque destrozado
    donde aprendían la palabra "paz".

    Y, al fin, hubo un concierto entre el estruendo
    de un arroyo invernal.
    Pudo tocar el niño su tambor,
    pero no le pudieron escuchar.

    No faltó ni siquiera un gran amor:
    quince años el galán, doce la amada.
    En una vieja choza destruida,
    la niña el pelo de su amor peinaba.

    Pero el amor no pudo resistir
    los fríos que vinieron:
    ¿cómo pueden crecer los arbolillos
    bajo toda la nieve del invierno?

    Hubo incluso una guerra
    cuando otro grupo se encontraron.
    Pero viendo en seguida que era absurda,
    la guerra terminaron.

    Cuando era más reñida la contienda
    que en torno a una garita sostenían
    una de las dos partes
    se quedó sin comida.

    Al saberlo la otra, decidieron
    un saco de patatas enviar
    al enemigo, porque sin comer
    nadie puede luchar.

    A la luz de dos velas
    un juicio celebraron.
    Y, tras audiencia larga y complicada,
    el juez fue condenado.

    Hubo un entierro, en fin: el de aquel niño
    que tenía el cuello de terciopelo.
    Dos alemanes junto a dos polacos
    enterraron su cuerpo.

    No faltaban la fe ni la esperanza,
    pero sí les faltaba carne y pan.
    Quien les negó su amparo y fué robado
    después, nada les puede reprochar.

    Mas nadie acuse al pobre que a su mesa
    no los hizo sentar.
    Para cincuenta niños hace falta
    mucha harina: no basta la bondad.

    Si se presentan dos, o incluso tres
    es fácil que cualquiera los atienda.
    Mas cuando llegan niños en tropel
    las puertas se les cierran.

    En una hacienda destruida, harina
    hallaron en pequeña cantidad.
    Una niña en mandil, de once años,
    durante siete horas coció pan.

    Amasaron la masa largamente,
    la leña, bien cortada, ardía bien,
    pero el pan no subió
    porque ninguno lo sabía cocer.

    Decidieron marchar,
    buscando sol, al Sur.
    El Sur es donde a mediodía todo
    está lleno de luz.

    A un soldado encontraron
    herido en un pinar.
    Siete días cuidándole, y pensaban
    "Él nos podrá orientar".

    Mas el soldado dijo: "¡A Bilgoray!"
    Debía de tener
    mucha fiebre: murió al día siguiente.
    Le enterraron también.

    Y los indicadores que encontraban
    la nieve apenas los dejaba ver.
    Pero ya no indicaban el camino,
    todos estaban puestos al revés.

    Aunque no se trataba de una broma:
    sólo era una medida militar.
    Buscaron y buscaron Bilgoray,
    mas nunca la pudieron encontrar.

    Se reunieron todos con el jefe,
    confiados en él.
    Miró el blanco horizonte y señaló:
    "Por allí debe ser".

    Vieron fuego una noche:
    decidieron seguir sin acercarse.
    Pasaron tanques, otra vez, muy cerca,
    pero iban hombres dentro de los tanques.

    Al fin, un día, a una ciudad llegaron,
    y dieron un rodeo.
    Caminaron tan solo por la noche
    hasta que la perdieron.

    Por lo que fue el sureste de Polonia,
    bajo una gran tormenta, entre la nieve,
    de los cincuenta niños
    las noticias se pierden.

    Con los ojos cerrados,
    dentro de mí los veo cómo vagan
    de una casa en ruinas
    a otra bombardeada.

    Por encima de ellos, entre nubes,
    caravanas inmensas
    penosamente avanzan contra el viento,
    y, sin patria ni meta,

    van buscando un país donde haya paz,
    sin incendios ni truenos,
    tan diferente a aquel de donde vienen.
    Y, unidas, forman un cortejo inmenso.

    Y, al caer el ocaso, ya sus caras
    no parecen iguales.
    Ahora veo caras de otros niños:
    españoles, franceses, orientales...

    Y en aquel mes de enero,
    en Polonia encontraron
    un pobre perro flaco que llevaba
    un cartel de cartón al cuello atado.

    Decía: "Socorrednos.
    Perdimos el camino.
    Este perro os traerá.
    Somos cincuenta y cinco.

    Si no podéis venir,
    dejadle continuar
    No le matéis. Sólo él
    conoce este lugar".

    Era la letra de niño
    y campesinos quienes la leyeron.
    Ha pasado un año y medio desde entonces.
    Desde que hallaron, muerto de hambre, un perro.

    January 17

    "If" - Rudyard Kipling

    IF - R. Kipling
     
    Si puedes mantener intacta tu firmeza
    cuando todos vacilan a tu alrededor
    Si cuando todos dudan, fías en tu valor
    y al mismo tiempo sabes exaltar su flaqueza

    Si sabes esperar y a tu afán poner brida
    O blanco de mentiras esgrimir la verdad
    O siendo odiado, al odio no le das cabida
    y ni ensalzas tu juicio ni ostentas tu bondad

    Si sueñas, pero el sueño no se vuelve tu rey
    Si piensas y el pensar no mengua tus ardores
    Si el triunfo y el desastre no te imponen su ley
    y los tratas lo mismo como dos impostores.

    Si puedes soportan que tu frase sincera
    sea trampa de necios en boca de malvados.
    O mirar hecha trizas tu adora quimera
    y tornar a forjarla con útiles mellados.

    Si todas tu ganancias poniendo en un montón
    las arriesgas osado en un golpe de azar
    y las pierdes, y luego con bravo corazón
    sin hablar de tus perdidas, vuelves a comenzar.

    Si puedes mantener en la ruda pelea
    alerta el pensamiento y el músculo tirante
    para emplearlo cuando en ti todo flaquea
    menos la voluntad que te dice adelante.

    Si entre la turba das a la virtud abrigo
    Si no pueden herirte ni amigo ni enemigo
    Si marchando con reyes del orgullo has triunfado
    Si eres bueno con todos pero no demasiado

    Y si puedes llenar el preciso minuto
    en sesenta segundos de un esfuerzo supremo
    tuya es la tierra y todo lo que en ella habita
    y lo que es más serás hombre hijo mío....
    January 10

    Vinicius y su "Receta de mujer"

    Receta de Mujer

    Las muy feas que me perdonen
    Mas la belleza es fundamental. Es preciso
    Que haya en todo eso algo de flor
    Algo de baile, algo de haute couture
    En todo eso (o si no
    Que la mujer se socialice elegantemente en azul como
    en la República Popular China).
    No hay término medio posible. Es preciso
    Que todo eso sea bello. Es preciso que de pronto
    Se tenga la impresión de ver una garza apenas posada
    y que un rostro
    De vez en cuando adquiera ese color único del tercer
    minuto de la aurora.
    Es preciso que todo eso sea sin ser, pero que se refleje
    y florezca
    En el mirar del hombre. Es preciso, es absolutamente
    preciso
    Que sea todo bello e inesperado. Es preciso que unos
    párpados cerrados
    Recuerden un verso de Eluard y que en unos brazos se
    acaricie
    Algo más allá de la carne: que se los toque
    Como el ámbar de una tarde. Ah, déjenme decir
    Que es preciso que la mujer que está allí como la corola
    ante el pájaro
    Sea bella o tenga por lo menos un rostro que recuerde un
    templo y
    Sea leve como un resto de nube: mas que sea una nube
    Con ojos y nalgas. Lo de las nalgas es importantísimo.
    De los ojos, entonces
    Ni decirlo: que miren con cierta maldad inocente. Una
    boca
    Fresca (nunca húmeda) es también de extrema
    pertinencia.
    Es preciso que las extremidades sean flacas; que unos
    huesos
    Sobresalgan, especialmente la rótula en el cruzar de
    piernas, y las puntas pélvicas.
    Cuando se enlaza una cintura ondeante.
    Gravísimo es sin embargo el problema de los huesos
    claviculares: una mujer sin ellos
    Es como un río sin puentes, Indispensable
    Que haya una hipótesis de barriguita, y en seguida
    La mujer se alce en cáliz, y que sus senos
    Sean una expresión greco romana, más que gótica o
    barroca
    Y puedan ilumniar la oscuridad con una potencia mínima
    de 5 bujías.
    Es muy menester que calavera y columna vertebral
    Casi se muestren; y que exista un gran latifundio dorsal!
    Que los miembros terminen como tallos, y bien haya un
    cierto volumen de muslos
    Y que sean lisos, lisos como pétalo y cubiertos de
    suavísima pelusa
    Sensibles, sin embargo, a la caricia o contrapelo,
    Es aconsejable en la axila una dulce gramilla con aroma
    propio
    Casi imperceptible (un mínimo de productos
    farmacéuticos!)
    Preferibles sin duda los pescuezos largos
    De modo que la cabeza dé a veces la impresión
    De ser ajena al cuerpo, y la mujer no recuerde
    Flores sin misterio. Pies y manos deben contener
    elementos góticos
    Discretos. La piel debe ser fresca en las manos, brazos,
    dorso y rostro
    Pero que las concavidades y los huecos tengan una
    temperatura nunca inferior
    A los 37 grados, pudiendo eventualmente provocar
    quemaduras
    De primer grado. Los ojos, que sean de preferencia
    grandes
    Y su rotación al menos tan lenta como la de la tierra; y
    Que estén siempre más allá de un invisible muro de
    pasión
    Que es preciso traspasar. Que la mujer sea en principio
    alta
    O, si baja, que tenga la actitud mental de las altas
    cumbres.
    Ah, que la mujer dé siempre la impresión de que, si
    cerráramos los ojos.
    Al abrirlos ella ya no estaría presente
    Con su sonrisa y sus enredos. Que ella surja, no que venga;
    que parta, no que se vaya
    Y que posea una cierta capacidad de enmudecer
    súbitamente y hacernos beber
    La hiel de la duda. Oh, sobre todo
    Que no pierda nunca, no importa en qué mundo
    No importa en qué circunstancias, su infinita volubilidad
    De pájaro; y que acariciada en el fondo de sí misma
    Se transforma en fiera sin perder su gracia de ave; y
    que exhale siempre
    El perfume imposible; y destile siempre
    La embriagadora miel; y cante siempre el inaudible canto
    De su combustión; y no deje de ser nunca la eterna
    bailarina
    De lo efímero; y en su incalculable imperfección
    Constituya la cosa más bella y más perfecta de toda la
    creación innumerable.

    El "Apogeo" de Gioconda Belli

    CAMERATA

    Violines. Mis piernas suben.
    Allegro ma non tropo.
    Sotto voce.
    Dulcemente se inicia la Opertura.
    Tambor. Mi vientre suena a fragua.
    Tantas veces te he guardado la música.
    Y, sin embargo,
    tu arco insistente
    engendra nuevos adagios, fugas.
    Trompetero de fuego.
    ¡Anúnciate!
    Que te reciban mis lamentos de soprano
    y tu voz de barítono responda enardecida.
    Pulsa primero el violoncelo,
    las cuerdas antes que el cémbalo,
    o el piano.
    Después haz lo que quieras
    Despéinate conduciendo la orquesta.
    Que retumben los vientos,
    y que aplauda,
    enfebrecido,
    el público.

     

    RECETA DE VARÓN

    No importa si no es hermoso
    -la fealdad en el hombre
    puede despertar ciertos atávicos instintos femeninos-
    pero es esencial que el pecho sea acogedor
    y que los brazos ofrezcan la promesa
    de abrazos apretados y tiernos.
    Vello en el cuerpo o no,
    es cuestión de gustos.
    Personalmente los prefiero
    tapizados,
    con espacios de sombras oscuras
    suaves al tacto,
    y capaces de llenar el olfato
    con el olor del día a flor de piel.
    La cintura que se defina, por favor,
    que no le sobre, ni le falte,
    que no acuse el descuido del dueño,
    más que en ciertas épocas permisibles
    donde unas libritas de más,
    son sólo testimonio de amables libaciones.
    Las manos son definitivas:
    deben saber sostener la cabeza de la mujer
    con el celo con que el marinero le escatima al viento
    la única lámpara de aceite en medio de la tormenta;
    ser ágiles como pájaros o cabras de monte,
    capaces de la forja del hierro, la lágrima,
    y esculpir los intrincados artesonados del placer.
    Las piernas también son importantes
    pero les perdonamos las torceduras,
    lo tosco, las imperfecciones,
    si al encontrarnos con la boca
    vemos una sonrisa en la que poder confiar
    y unos ojos que nos aseguren la mañana.
    La espalda masculina debe ser extensa
    como una pradera por donde puedan pasearse los búfalos
    y los heliotropos,
    y es fundamental que en las caderas
    se alcen dos colinas
    inequívocas, sólidas,
    que se nos queden prendidas a la memoria
    cuando el hombre se vuelva para marcharse,
    alejándose en la noche.
    La voz que resuene con vibraciones de bajo
    pero que sepa modular
    la tensa y dulce melancolía del acordeón,
    lamentando el fin de la luna en la ventana.
    El hombre, al fin,
    ese mítico animal
    que reinventa siglo tras siglo
    las quimeras que pueblan las obsesiones femeninas,
    habrá de conservar,
    -perdida la absoluta hegemonía-
    todas aquellas cosas
    galantes, fuertes, acogedoras,
    que, a pesar de todos los pesares,
    lo mantienen sólidamente anclado,
    en el profundo, incansable mar,
    de las hembras.

     

     

    PREJUICIOS SOBRE LA MATERNIDAD

    ¿Es la única?

    Me pregunta la mujer en el parque

    contemplando los juegos de Adriana.

    Tengo cuatro, le respondo.

    No tarda mucho en preguntarme sus edades

    Y en mirarme, incrédula, cuando se las digo.

    -Se ve usted muy joven para todo eso- comentan.

    Es un halago

    pero siempre me hace pensar

    en los tristes perfiles, las asociaciones,

    de la maternidad.

    Más vida dan las mujeres,

    -sostiene la popular sabiduría-

    más vida pierden.

    Los partos las destiñen.

    Engordan. Se agotan. Envejecen.

    Cuatro hijos tendrían que haber terminado con la sensualidad

    o el deseo.

    Como si cada hijo mágicamente redujera la libido,

    y no fuera la realidad exactamente lo contrario:

    Cada hijo dejándonos más cerca de la vida

    más proclives a la ternura,

    la piel más suave y el sexo más acogedor.

    Es la falta de pan, de amor, la que desgasta.

    No el parto.

     

    DOLOR DE LOS ESPEJOS

    No es sino con temor

    que una mujer se aproxima cada día hasta el espejo

    y se tercia con la propia imagen.

    Llega la hora de los hechizos

    y las brujas

    hora de los cosméticos y las abluciones

    la nostalgia ante las fotos lisas de la nada eterna juventud.

    Entonces uno se pregunta

    cuanto tiempo más durara la pasión

    el amor por las bicicletas

    y los cuentos de amantes furtivos.

    Uno se pregunta si el amor tendrá edad

    si el tiempo sera tan implacable

    como los espejos.

     

    NO ME ARREPIENTO DE NADA

    Desde la mujer que soy,

    a veces me da por contemplar

    aquellas que pude haber sido;

    las mujeres primorosas,

    hacendosas, buenas esposas,

    dechado de virtudes,

    que deseara mi madre.

    No sé por qué

    la vida entera he pasado

    rebelándome contra ellas.

    Odio sus amenazas en mi cuerpo.

    La culpa que sus vidas impecables,

    por extraño maleficio,

    me inspiran.

    Reniego de sus buenos oficios;

    de los llantos a escondidas del esposo,

    del pudor de su desnudez

    bajo la planchada y almidonada ropa interior.

    Estas mujeres, sin embargo,

    me miran desde el interior de los espejos,

    levantan su dedo acusador

    y, a veces, cedo a sus miradas de reproche

    y quiero ganarme la aceptación universal,

    ser la "niña buena", la "mujer decente"

    la Gioconda irreprochable.

    Sacarme diez en conducta

    con el partido, el estado, las amistades,

    mi familia, mis hijos y todos los demás seres

    que abundantes pueblan este mundo nuestro.

    En esta contradicción inevitable

    entre lo que debió haber sido y lo que es,

    he librado numerosas batallas mortales,

    batallas a mordiscos de ellas contra mí

    -ellas habitando en mí queriendo ser yo misma-

    transgrediendo maternos mandamientos,

    desgarro adolorida y a trompicones

    a las mujeres internas

    que, desde la infancia, me retuercen los ojos

    porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,

    porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,

    que se enamora como alma en pena

    de causas justas, hombres hermosos,

    y palabras juguetonas.

    Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,

    e hice el amor sobre escritorios

    -en horas de oficina-

    y rompí lazos inviolables

    y me atreví a gozar

    el cuerpo sano y sinuoso

    con que los genes de todos mis ancestros

    me dotaron.

    No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.

    No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.

    Pero en los pozos oscuros en que me hundo,

    cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,

    siento las lágrimas pujando;

    veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,

    blandiendo condenas contra mi felicidad.

    Impertérritas niñas buenas me circundan

    y danzan sus canciones infantiles contra mí

    contra esta mujer

    hecha y derecha,

    plena.

    Esta mujer de pechos en pecho

    y caderas anchas

    que, por mi madre y contra ella,

    me gusta ser.

     

    LA MUERTE ES UN VIAJE EN TREN

    Hay días en que la idea de la muerte

    viaja en mi como un largo tren de lujo

    con mullidos asientos de terciopelo.

    Serán leves los paisajes de la ventana

    y el desconocido que lee el periódico

    en el compartimento

    me invitará a escoger una galleta.

    Me gusta la idea de quitarme los zapatos

    inmóvil avanzar veloz a través de verdes y húmedas extensiones

    ¿Por qué va ser negra la muerte y no verde?

    ¿Quién puede certificar su color?

    En la estación, los amigos leales

    me habrán despedido con naturalidad;

    otros alardearán de intimidades

    o discutirán en detalle la ceremonia de la partida.

    Ya ninguno de ellos se reflejará en las ventanas

    Como tampoco me reflejaré yo

    o el desconocido leyendo el periódico en el vagón.

    Las imágenes de este dolor que vivo

    quizás las sacaré entonces de la caja de sombreros.

    Las extenderé sobre el asiento vacío.

    Se las mostraré al acompañante mudo.

    El dolor se habrá envejecido, amarillado.

    Lucirá mustio y hasta sentiré nostalgia

    igual que ante la foto de la infancia

    la niña, la pelota sobre la playa.

    Ah!

    Que días estos

    en que la muerte

    viaja en mí

    como un largo tren de lujo

    con mullidos asientos de terciopelo.

    December 08

    El sueño del Rey

    Discurso leído por Martin Luther King en las gradas del Lincoln Memorial durante la histórica Marcha sobre Washington

    Washington, DC
    28 de agosto de 1963

    "Estoy orgulloso de reunirme con ustedes hoy, en la que será ante la historia la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestro país.

    Hace cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclama de la emancipación. Este trascendental decreto significó como un gran rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio. Pero, cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.

    Por eso, hoy hemos venido aquí a dramatizar una condición vergonzosa. En cierto sentido, hemos venido a la capital de nuestro país, a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de que a todos los hombres, les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

    Es obvio hoy en día, que Estados Unidos ha incumplido ese pagaré en lo que concierne a sus ciudadanos negros. En lugar de honrar esta sagrada obligación, Estados Unidos ha dado a los negros un cheque sin fondos; un cheque que ha sido devuelto con el sello de "fondos insuficientes". Pero nos rehusamos a creer que el Banco de la Justicia haya quebrado. Rehusamos creer que no haya suficientes fondos en las grandes bóvedas de la oportunidad de este país. Por eso hemos venido a cobrar este cheque; el cheque que nos colmará de las riquezas de la libertad y de la seguridad de justicia.

    También hemos venido a este lugar sagrado, para recordar a Estados Unidos de América la urgencia impetuosa del ahora. Este no es el momento de tener el lujo de enfriarse o de tomar tranquilizantes de gradualismo. Ahora es el momento de hacer realidad las promesas de democracia. Ahora es el momento de salir del oscuro y desolado valle de la segregación hacia el camino soleado de la justicia racial. Ahora es el momento de hacer de la justicia una realidad para todos los hijos de Dios. Ahora es el momento de sacar a nuestro país de las arenas movedizas de la injusticia racial hacia la roca sólida de la hermandad.

    Sería fatal para la nación pasar por alto la urgencia del momento y no darle la importancia a la decisión de los negros. Este verano, ardiente por el legítimo descontento de los negros, no pasará hasta que no haya un otoño vigorizante de libertad e igualdad.

    1963 no es un fin, sino el principio. Y quienes tenían la esperanza de que los negros necesitaban desahogarse y ya se sentirá contentos, tendrán un rudo despertar si el país retorna a lo mismo de siempre. No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que a los negros se les garanticen sus derechos de ciudadanía. Los remolinos de la rebelión continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que surja el esplendoroso día de la justicia.

    Pero hay algo que debo decir a mi gente que aguarda en el cálido umbral que conduce al palacio de la justicia. Debemos evitar cometer actos injustos en el proceso de obtener el lugar que por derecho nos corresponde. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Debemos conducir para siempre nuestra lucha por el camino elevado de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas donde se encuentre la fuerza física con la fuerza del alma. La maravillosa nueva militancia que ha envuelto a la comunidad negra, no debe conducirnos a la desconfianza de toda la gente blanca, porque muchos de nuestros hermanos blancos, como lo evidencia su presencia aquí hoy, han llegado a comprender que su destino está unido al nuestro y su libertad está inextricablemente ligada a la nuestra. No podemos caminar solos. Y al hablar, debemos hacer la promesa de marchar siempre hacia adelante. No podemos volver atrás.

    Hay quienes preguntan a los partidarios de los derechos civiles, "¿Cuándo quedarán satisfechos?"

    Nunca podremos quedar satisfechos mientras nuestros cuerpos, fatigados de tanto viajar, no puedan alojarse en los moteles de las carreteras y en los hoteles de las ciudades. No podremos quedar satisfechos, mientras los negros sólo podamos trasladarnos de un gueto pequeño a un gueto más grande. Nunca podremos quedar satisfechos, mientras un negro de Misisipí no pueda votar y un negro de Nueva York considere que no hay por qué votar. No, no; no estamos satisfechos y no quedaremos satisfechos hasta que "la justicia ruede como el agua y la rectitud como una poderosa corriente".

    Sé que algunos de ustedes han venido hasta aquí debido a grandes pruebas y tribulaciones. Algunos han llegado recién salidos de angostas celdas. Algunos de ustedes han llegado de sitios donde en su búsqueda de la libertad, han sido golpeados por las tormentas de la persecución y derribados por los vientos de la brutalidad policíaca. Ustedes son los veteranos del sufrimiento creativo. Continúen trabajando con la convicción de que el sufrimiento que no es merecido, es emancipador.

    Regresen a Misisipí, regresen a Alabama, regresen a Georgia, regresen a Louisiana, regresen a los barrios bajos y a los guetos de nuestras ciudades del Norte, sabiendo que de alguna manera esta situación puede y será cambiada. No nos revolquemos en el valle de la desesperanza.

    Hoy les digo a ustedes, amigos míos, que a pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño "americano".

    Sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: "Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales".

    Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad.

    Sueño que un día, incluso el estado de Misisipí, un estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia.

    Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad.

    ¡Hoy tengo un sueño!

    Sueño que un día, el estado de Alabama cuyo gobernador escupe frases de interposición entre las razas y anulación de los negros, se convierta en un sitio donde los niños y niñas negras, puedan unir sus manos con las de los niños y niñas blancas y caminar unidos, como hermanos y hermanas.

    ¡Hoy tengo un sueño!

    Sueño que algún día los valles serán cumbres, y las colinas y montañas serán llanos, los sitios más escarpados serán nivelados y los torcidos serán enderezados, y la gloria de Dios será revelada, y se unirá todo el género humano.

    Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la cual regreso al Sur. Con esta fe podremos esculpir de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza. Con esta fe podremos trasformar el sonido discordante de nuestra nación, en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe podremos trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, defender la libertad juntos, sabiendo que algún día seremos libres.

    Ese será el día cuando todos los hijos de Dios podrán cantar el himno con un nuevo significado, "Mi país es tuyo. Dulce tierra de libertad, a tí te canto. Tierra de libertad donde mis antesecores murieron, tierra orgullo de los peregrinos, de cada costado de la montaña, que repique la libertad". Y si Estados Unidos ha de ser grande, esto tendrá que hacerse realidad.

    Por eso, ¡que repique la libertad desde la cúspide de los montes prodigiosos de Nueva Hampshire! ¡Que repique la libertad desde las poderosas montañas de Nueva York! ¡Que repique la libertad desde las alturas de las Alleghenies de Pensilvania! ¡Que repique la libertad desde las Rocosas cubiertas de nieve en Colorado! ¡Que repique la libertad desde las sinuosas pendientes de California! Pero no sólo eso: ! ¡Que repique la libertad desde la Montaña de Piedra de Georgia! ¡Que repique la libertad desde la Montaña Lookout de Tennesse! ¡Que repique la libertad desde cada pequeña colina y montaña de Misisipí! "De cada costado de la montaña, que repique la libertad".

    Cuando repique la libertad y la dejemos repicar en cada aldea y en cada caserío, en cada estado y en cada ciudad, podremos acelerar la llegada del día cuando todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo espiritual negro: "¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!"

    October 08

    "Disneylandia" (Arnaldo Antunes)

    "Disneylandia" (Arnaldo Antunes)

    Adaptación al castellano: Campodónico/Jorge Drexler

     

    Hijo de inmigrantes rusos casado en Argentina con una pintora judía, se casa  por

    segunda vez con una princesa africana en Méjico.

    Música hindú contrabandeada por gitanos polacos se vuelve un éxito en el interior de

    Bolivia.

    Cebras africanas y canguros australianos en el zoológico de Londres.

    Momias egipcias y artefactos incas en el Museo de Nueva York.

    Linternas japonesas y chicles americanos en los bazares coreanos de San Pablo.

    Imágenes de un volcán en Filipinas salen en la red de televisión de Mozambique.

     Armenios naturalizados en Chile buscan a sus familiares en Etiopía.

    Casas prefabricadas canadienses hechas con madera colombiana.

    Multinacionales japonesas instalan empresas en Hong-Kong y producen con materia

    prima brasilera para competir en el mercado americano.

    Literatura griega adaptada para niños chinos de la Comunidad Europea.

    Relojes suizos falsificados en Paraguay vendidos por camellos en el barrio mejicano de

    Los Ángeles.

    Turista francesa fotografiada semidesnuda con su novio árabe en el barrio de Chueca.

     Pilas americanas alimentan electrodomésticos ingleses en Nueva Guinea.

    Gasolina árabe alimenta automóviles americanos en África del Sur.

    Pizza italiana alimenta italianos en Italia.

    Niños iraquíes huídos de la guerra no obtienen visa en el consulado americano de

    Egipto para entrar en Disneylandia.

    June 18

    "Birds in the night" - Luis Cernuda

    BIRDS IN THE NIGHT - Luis Cernuda
     
    El gobierno francés, ¿o fue el gobierno inglés?, puso una lápida
    En esa casa de 8 Great College Street, Camden Town, Londres,
    Adonde en una habitación Rimbaud y Verlaine, rara pareja,
    Vivieron, bebieron, trabajaron, fornicaron,
    Durante algunas breves semanas tormentosas.
    Al acto inaugural asistieron sin duda embajador y alcalde,
    Todos aquellos que fueran enemigos de Verlaine y Rimbaud cuando vivían.

    La casa es triste y pobre, como el barrio,
    Con la tristeza sórdida que va con lo que es pobre,
    No la tristeza funeral de lo que es rico sin espíritu.
    Cuando la tarde cae, como en el tiempo de ellos,
    Sobre su acera, húmedo y gris el aire, un organillo
    Suena, y los vecinos, de vuelta del trabajo,
    Bailan unos, los jóvenes, los otros van a la taberna.

    Corta fue la amistad singular de Verlaine el borracho
    Y de Rimbaud el golfo, querellándose largamente.
    Mas podemos pensar que acaso un buen instante
    Hubo para los dos, al menos si recordaba cada uno
    Que dejaron atrás la madre inaguantable y la aburrida esposa.
    Pero la libertad no es de este mundo, y los libertos,
    En ruptura con todo, tuvieron que pagarla a precio alto.

    Sí, estuvieron ahí, la lápida lo dice, tras el muro,
    Presos de su destino: la amistad imposible, la amargura
    De la separación, el escándalo luego; y para éste
    El proceso, la cárcel por dos años, gracias a sus costumbres
    Que sociedad y ley condenan, hoy al menos; para aquél a solas
    Errar desde un rincón a otro de la tierra,
    Huyendo a nuestro mundo y su progreso renombrado.

    El silencio del uno y la locuacidad banal del otro
    Se compensaron. Rimbaud rechazó la mano que oprimía
    Su vida; Verlaine la besa, aceptando su castigo.
    Uno arrastra en el cinto el oro que ha ganado; el otro
    Lo malgasta en ajenjo y mujerzuelas. Pero ambos
    En entredicho siempre de las autoridades, de la gente
    Que con trabajo ajeno se enriquece y triunfa.

    Entonces hasta la negra prostituta tenía derecho de insultarles;
    Hoy, como el tiempo ha pasado, como pasa en el mundo,
    Vida al margen de todo, sodomía, borrachera, versos escarnecidos,
    Ya no importan en ellos, y Francia usa de ambos nombres y ambas obras
    Para mayor gloria de Francia y su arte lógico.
    Sus actos y sus pasos se investigan, dando al público
    Detalles íntimos de sus vidas. Nadie se asusta ahora, ni protesta.

    "¿Verlaine? Vaya, amigo mío, un sátiro, un verdadero sátiro.
    Cuando de la mujer se trata; bien normal era el hombre,
    Igual que usted y que yo. ¿Rimbaud? Católico sincero, como está demostrado."
    Y se recitan trozos del “Barco Ebrio” y del soneto a las “Vocales”.
    Mas de Verlaine no se recita nada, porque no está de moda
    Como el otro, del que se lanzan textos falsos en edición de lujo;
    Poetas mozos de todos los países hablan mucho de él en sus provincias.

    ¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?
    Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable
    Para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella,
    Como Rimbaud y Verlaine. Pero el silencio allá no evita
    Acá la farsa elogiosa repugnante. Alguna vez deseó uno
    Que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela.
    Tal vez exageraba: si fuera sólo una cucaracha, y aplastarla.
    June 16

    "Soneto al agujero del culo" - Verlaine + Rimbaud


    Oscuro y fruncido como un clavel violeta
    respira, tímidamente oculto bajo el musgo;
    el licor del amor todavía lo humedece
    y fluye por el leve declive de las nalgas.

    Filamentos parecidos a lágrimas de leche
    lloran ante el aciago soplo que los arrastra
    a través de guijarros de abonos arcillosos
    hacia el declive que los reclamaba.

    A menudo mi boca se acopla a su ventosa
    y allí mi alma, del coito material envidiosa,
    cavó su lagrimal feroz, su nido de sollozos.

    Es la argolla extasiada y la flauta mimosa,
    tubo por donde baja el celestial confite,
    Canaan femenino de humedades nacientes.